El silencio en el ala médica del Castillo de Glenmore era más aterrador que el estruendo de la tormenta que seguía fustigando las Tierras Altas. Elara no se había movido de la silla junto a la cama de su padre en las últimas seis horas. Su espalda estaba rígida, sus manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos parecían piedras blancas. Ya no lloraba. Las lágrimas se habían secado, dejando en su lugar una mirada de acero frío dirigida a la puerta, el lugar donde Dante Vance permanecía como una sombra vigilante tras el cristal.
Dante no había entrado. Sabía que, si cruzaba ese umbral, el desprecio en los ojos de Elara terminaría por fracturar lo poco que quedaba de su implacable compostura. Se limitaba a observar los monitores. El ritmo cardíaco de su suegro —porque legalmente lo era, a pesar del contrato de odio que los unía— era estable, pero el incidente del paro cardíaco seguía sin explicación lógica.
—Señor —la voz de un subordinado vibró en su auricular, sacándolo de su trance—. Los análisis toxicológicos preliminares de la sangre del paciente han llegado. No hay rastro de las sustancias de Cavendish. Todo parece estar limpio.
Dante apretó el puente de su nariz, cerrando los ojos.
—Si está limpio, ¿por qué casi muere? Un hombre en coma no sufre paros cardíacos por "estrés". Algo o alguien provocó esa crisis.
—Estamos revisando las grabaciones de nuevo, señor. Pero le recuerdo que usted mismo estuvo en los pasillos la mayor parte de la noche. Nadie entró. Quizás... quizás es el peso de la culpa de ella lo que está afectando al entorno.
Dante cortó la comunicación sin responder. Las palabras de su subordinado, antes lógicas, ahora le sonaban a una excusa barata.
Cerca de la medianoche, Dante finalmente entró. No pidió permiso. Sus pasos, pesados y decididos, hicieron que Elara se tensara, pero ella no apartó la vista del rostro pálido de su padre.
—Vete a descansar, Camila —dijo él. Su voz era un barítono bajo, cargado de una fatiga que rara vez mostraba—. Mis hombres se quedarán aquí. No dejaré que nada le pase.
Elara soltó una risa seca, un sonido que cortó el aire como una cuchilla.
—¿Tus hombres? ¿Los mismos que no vieron cómo casi se le escapaba la vida de las manos hoy? ¿O te refieres a ti, Dante? El hombre que juró protegerlo cuando firmamos ese papel y que lo único que ha hecho es hundirme en un pozo de cenizas.
Dante caminó hasta quedar justo detrás de ella. Podía oler el aroma de su cabello: ya no era el perfume caro de Londres, sino el olor a jabón neutro y a cansancio. Sintió una necesidad casi primitiva de poner sus manos sobre sus hombros, de pedirle que dejara de luchar, pero se contuvo.
—Hice lo que tenía que hacer por Julián —respondió él, aunque las palabras sonaron huecas incluso para sus propios oídos.
—No —Elara se puso de pie y se giró, enfrentándolo. Era mucho más baja que él, pero en ese momento, su dignidad la hacía parecer una gigante—. Hiciste lo que fue más fácil para tu ego. Era más fácil culpar a la chica pobre de los "suburbios" que no tenía cómo defenderse, que buscar a la verdadera sombra que te arrebató a tu hermano. Te alimentaste de mi dolor porque el tuyo era demasiado grande para cargarlo solo.
Dante la tomó de los brazos, no con violencia, sino con una desesperación contenida.
—¡Tengo las pruebas, Camila! ¡Tengo tu ADN! ¡Tengo los registros! ¿Cómo explicas que tu cara esté en cada segundo de la agonía de mi hermano?
—¡Porque no es mi cara, Dante! ¡Es nuestra cara! —gritó ella, golpeándole el pecho—. ¿Por qué no puedes aceptar que hay alguien más? ¿Tan poco me conoces después de todas las noches que me has tenido en tu cama, después de todas las veces que me has mirado a los ojos mientras me hacías daño? ¿De verdad crees que la mujer que se desvive por este hombre en coma es la misma que mató a Julián por dinero?
Dante la soltó como si sus palabras fueran veneno. Se dio la vuelta y salió de la habitación, caminando a zancadas por los pasillos góticos del castillo. Necesitaba aire. Necesitaba que el frío de Escocia congelara la duda que empezaba a carcomer sus cimientos.
Dante subió a la azotea del castillo. El viento le azotó el rostro, pero no fue suficiente. Se acercó al borde del acantilado, donde el mar rugía cien metros más abajo. De repente, algo brilló en el suelo, atrapado entre las grietas de la piedra antigua, cerca de la salida de emergencia del ala médica.
Se agachó y lo recogió. Era un pequeño tapón de plástico transparente, el tipo de protector que se usa en las agujas de las jeringas de uso hospitalario. Pero Glenmore usaba suministros de la marca Vance Medical, cuyos tapones eran de color azul. Este era transparente. Un modelo estándar, común en farmacias locales.
Un escalofrío que nada tenía que ver con el clima recorrió la columna de Dante.
Alguien había estado allí. Alguien que no pertenecía a su equipo médico.
—Seraphina—dijo por el radio, su voz temblando de una furia nueva—. Quiero que traigas al jefe de seguridad de los perímetros externos. Ahora mismo. Y Seraphina... si descubro que has ocultado una sola alerta de movimiento en las últimas 24 horas, te juro que Londres será el último lugar que verás en tu vida.
Mientras Dante iniciaba su propia cacería interna, Elara se había quedado dormida por el agotamiento, con la cabeza apoyada en la cama de su padre.
En sus sueños, no estaba en Escocia. Estaba en un jardín lleno de flores blancas. Había una niña corriendo hacia ella. La niña tenía su mismo rostro, su misma risa. Pero cuando la niña se acercaba, su piel empezaba a agrietarse y a caer, revelando a Camila. "Él nunca te amará, Elara", susurraba el espectro. "Solo ama el castigo que cree que mereces. Cuando se dé cuenta de la verdad, ya no serás nada para él, porque su odio es lo único que te mantiene viva en su mente".
Elara se despertó sobresaltada. La habitación estaba en penumbra. El monitor de su padre seguía rítmico, pero sintió una presencia. Una ráfaga de aire frío indicaba que la ventana, que ella misma había cerrado, estaba ligeramente entornada.

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