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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 61

​La oscuridad en el ala médica era absoluta, solo rota por los destellos intermitentes de los relámpagos que devoraban el cielo de Escocia. El aire olía a ozono, a piedra mojada y al miedo metálico que emanaba de los poros de Elara. Dante la mantenía pegada a su pecho, su brazo izquierdo rodeándola con una fuerza protectora que ella nunca había experimentado; mientras, su mano derecha sostenía la Beretta, apuntando con pulso de acero hacia la silueta que se burlaba de ellos desde las sombras.

​—Baja el cuchillo, Camila —la voz de Dante no tembló, pero poseía una profundidad letal que hacía vibrar el suelo—. Se acabó el juego de espejos. Sé quién eres.

​La risa que respondió fue una melodía distorsionada, el eco exacto de la voz de Elara, pero cargada de un veneno que ella jamás poseería. Camila dio un paso hacia adelante, permitiendo que la luz de un relámpago iluminara su rostro por un segundo. Era idéntica. El mismo cabello desordenado, la misma piel de porcelana; pero sus ojos... sus ojos brillaban con la lucidez de los depredadores.

​—¿Saber quién soy? —Camila ladeó la cabeza, el filo del cuchillo rozando el cable que alimentaba el ventilador de Alfonso—. Me tomó tres años destruir a tu hermano y solo tres semanas convencerte de que esta estúpida era yo. No me halagues, Dante. Tu odio te volvió un imbécil fácil de manipular.

​Elara sintió que el corazón se le partía. Escuchar la crueldad desnuda en las palabras de su propia hermana era una agonía superior a cualquier tortura física que Dante le hubiera infligido.

​—¿Por qué, Camila? —susurró Elara, su voz quebrándose en la penumbra—. Él es nuestro padre. Yo soy tu sangre. ¿Por qué me haces esto?¿Qué parte de tu alma está tan muerta como para disfrutar de este dolor?

​—¿Sangre? —Camila escupió la palabra con asco—. Tú te quedaste con el viejo amoroso, con la ética de cartón y la vida humilde de quien se conforma con las sobras. Yo me quedé con un vacío negro que ni todo el dinero de Julián pudo llenar. No eres mi hermana, Elara. Eres el lienzo donde pinto mis pecados para que el mundo no me mire a mí.

​Dante dio un paso al frente, pero el clic del cuchillo cortando la primera capa del aislante del cable lo detuvo en seco.

​—Un paso más, Dante, y el viejo deja de respirar —advirtió Camila—. Y tú, Elara... ¿realmente vas a quedarte ahí, refugiada en el hombre que te llamó asesina mientras te quitaba la ropa? ¿En el hombre que te encerró en una jaula de oro porque era demasiado cobarde para admitir que extrañaba a su hermano?

​Dante apretó la mandíbula. El remordimiento lo golpeaba como oleadas de ácido. Miró a Elara de reojo, viendo su perfil iluminado por los monitores que ahora funcionaban con la batería de reserva, emitiendo un pitido rojo de agonía.

​—Tiene razón —dijo Dante, y por primera vez, su voz sonó rota—. Fui un cobarde. Fui un monstruo contigo, Elara. Pero ella no va a salir viva de este castillo.

​—Si me disparas, el cable se corta —sonrió Camila con una calma sociópata—. Si me dejas ir, quizás... solo quizás, deje que el viejo viva un día más. Pero quiero verte de rodillas, Dante. Quiero que el gran Dante Vance se humille ante la mujer que lo destruyó.

​En el silencio sepulcral, se escuchó el sonido sordo de un cuerpo impactando contra el suelo. Dante Vance, el hombre que no se doblegaba ante gobiernos ni imperios, se puso de rodillas sobre el granito frío, sin soltar a Elara, pero bajando su arma en señal de rendición.

​—Déjalo en paz —suplicó Dante, con la mirada fija en Camila—. Mátame a mí. Pero deja que ella tenga a su padre. Ella es la única persona pura que he conocido, y yo ya la ensucié lo suficiente.

​Elara sintió que las piernas le fallaban. Ver a Dante así, despojado de su orgullo solo por ella, provocó un cortocircuito en su odio. ¿Podía perdonar a un hombre que la había destruido si él estaba dispuesto a morir para salvar lo que ella amaba?

​Camila soltó una carcajada histérica que resonó en las paredes de piedra.

​—¡Qué patético! El antihéroe encontró su corazón. Es una lástima que el corazón sea el órgano más fácil de apuñalar.

​En ese momento, la puerta de la sala de observación estalló. Seraphina entró con un equipo táctico, pero Camila fue más rápida. Con un movimiento felino, cortó el cable de soporte vital y lanzó una granada de humo al centro de la habitación.

​—¡NO! —el grito de Elara desgarró el aire.

​El pitido del monitor cardíaco se convirtió en una línea continua, aguda y final. El silencio de la muerte llenó la estancia mientras el humo blanco lo cubría todo.

​Dante reaccionó por puro instinto. Se lanzó hacia donde estaba Camila, pero solo encontró el vacío. Disparó dos veces hacia la ventana rota por donde la sombra roja se había deslizado hacia la tormenta.

​—¡Elara, quédate aquí! —gritó Dante, pero ella ya estaba sobre el cuerpo de su padre, tratando de reconectar los cables con manos frenéticas y desesperadas.

​—¡Se muere, Dante! ¡Ayúdame! —sollozaba ella.

​Dante guardó su arma y corrió hacia la cama. Sus manos, antes instrumentos de violencia, ahora trabajaban con una precisión urgente junto a las de Elara. Mientras los médicos irrumpían con desfibriladores, Dante sujetó la mano de Elara por un segundo.

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