El silencio dentro de la cabaña era tan espeso que Elara podía oír el ritmo errático de su propio corazón. Al otro lado de la puerta, sentía la presencia de Dante como una marea de calor que amenazaba con derretir los muros de hielo que ella había construido. Él no estaba exigiendo, no estaba gritando. Estaba allí, simplemente existiendo, humillado en el suelo de su propio imperio por el simple deseo de estar cerca de ella.
Esa vulnerabilidad en el hombre que la había quebrado era lo que más la enfurecía.
Elara se puso de pie, sus movimientos felinos y silenciosos. Sus dedos temblaron cuando agarró el pomo de la puerta. Sabía que abrirla era una invitación al desastre, pero la rabia le quemaba las entrañas más que el hambre. Giró la llave con un chasquido metálico que resonó en la noche y tiró de la puerta.
Dante se levantó de inmediato. Bajo la luz de la luna, su rostro parecía tallado en ceniza. Sus ojos de grafito, usualmente gélidos, estaban inyectados de una necesidad tan primitiva que Elara sintió un escalofrío recorrer su columna.
—¿Qué buscas, Dante? —siseó ella, su voz cargada de un veneno defensivo—. ¿Quieres ver cómo me desvanezco? ¿Quieres comprobar si tu "propiedad" sigue respirando?
Dante dio un paso hacia el umbral, deteniéndose justo en el límite que ella le permitía.
—Busco saber que sigues aquí —respondió él, su barítono vibrando con una honestidad brutal—. Porque cada minuto que pasas en este silencio, siento que te pierdo en un lugar donde mi dinero y mi poder no pueden alcanzarte.
—Ya me perdiste —ella dio un paso al frente, encarándolo, obligándolo a mirar la palidez de su rostro—. Me perdiste la primera noche que me miraste y viste a una criminal en lugar de a una mujer. No puedes recuperar lo que destruiste con una noche en mi puerta.
Dante no pudo contenerse más. Acortó la distancia, invadiendo su espacio personal hasta que sus pechos casi se tocaban. La diferencia de tamaño era abrumadora; él la envolvía como una tormenta oscura.
—Entonces destrúyeme tú —susurró él, sus manos alzándose con una lentitud tortuosa, sin llegar a tocarla—. No me hables, no me mires, pero no me pidas que deje de buscarte. Prefiero tu odio que tu ausencia.
Elara lo miró a los ojos, buscando la mentira, el juego de poder, pero solo encontró una devoción maníaca que la aterrorizó. Su mano, impulsada por un instinto que no pudo frenar, subió al pecho de Dante, sujetando la tela de su camisa.
—Te odio tanto que me asquea mi propio cuerpo por recordarte —dijo ella, pero sus dedos se cerraron sobre la tela, tirando de él hacia el interior de la cabaña.
Dante entró y cerró la puerta de una patada, sumiéndolos en la penumbra solo rota por el resplandor plateado del lago. No hubo palabras dulces. El primer beso fue una colisión de dientes y desesperación. No buscaban consuelo; buscaban exorcizar el dolor de los meses pasados. Elara lo besaba con una furia castigadora, y Dante respondía con la sed de un hombre que ha caminado por un desierto de culpa.
Él la empujó suavemente contra la pared de madera, sus manos grandes y ásperas bajando por sus costados. Dante conocía cada centímetro del cuerpo de Elara, pero esta vez era diferente. No era posesión por contrato; era una súplica física.
Sus labios bajaron por el cuello de ella, dejando un rastro de fuego, mientras sus manos buscaban el cierre de su vestido. Cuando la seda cayó al suelo, la piel de Elara brilló bajo la luna. Dante bajó sus manos, recorriendo la curva de su espalda con una lentitud tortuosa, hasta que sus dedos encontraron su punto de quiebre. Sabía que el pecho de Elara era su territorio más sensible, el lugar donde su resistencia siempre se desmoronaba.
Él no se conformó con tocarla. Sus manos rodearon sus senos, apretando con una posesividad que la hacía temblar, mientras sus pulgares capturaban sus pezones, rozándolos con una insistencia rítmica y experta. Dante se inclinó y capturó uno de sus pezones con la boca, succionando con una fuerza voraz y hambrienta, tirando de la carne sensible con sus dientes mientras su lengua trazaba círculos abrasadores.

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