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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 65

La cabaña era una estructura de cristal y madera oscura que emergía del bosque como un secreto avergonzado. Por dentro, olía a pino y a una limpieza aséptica que a Elara le resultaba insultante. No había rastro de la opulencia dorada de la mansión principal, pero cada mueble, cada sábana de seda, cada cuadro en la pared gritaba el nombre de su carcelero.

​Elara cerró la puerta con doble llave y se apoyó contra la madera, dejando que la oscuridad la envolviera. No encendió las luces. No quería ver la belleza que Dante le ofrecía como soborno por su alma. Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, sintiendo cómo el frío del suelo se filtraba por su vestido. Su cuerpo estaba al límite; meses de miedo, la desnutrición de las Tierras Altas y el choque emocional de regresar a donde todo empezó habían dejado sus reservas en cero. Pero su mente seguía afilada, alimentada por un rencor que era más nutritivo que cualquier banquete.

​A través de los grandes ventanales, podía ver la silueta de la mansión principal recortada contra el cielo nocturno. En el balcón del tercer piso, una pequeña brasa naranja brillaba en la penumbra: el cigarro de Dante. Sabía que él estaba allí, observando la cabaña como un faro, esperando que ella cometiera un error, que se quebrara, que gritara su nombre.

​—Sigue esperando, Dante —susurró ella a la nada—. El silencio es lo único que te daré hasta que te consumas.

​En la mansión, Dante Vance sentía que el aire le quemaba los pulmones. Se quitó la camisa, dejando al descubierto el vendaje de su hombro que empezaba a teñirse de un rojo oscuro. No le importaba. El dolor físico era un susurro comparado con el grito ensordecedor de su conciencia. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos de Elara durante aquel beso en el comedor. Abiertos. Vacíos. Muertos.

​Había tenido a mujeres poderosas, a modelos y herederas rogando por un segundo de su atención, pero ninguna le había infligido una herida tan profunda como esa estatua de mármol que ahora dormía en su jardín.

​Se sirvió otro whisky, pero lo dejó intacto sobre la barandilla de piedra. Sus manos, las manos que habían firmado órdenes de adquisición que destruyeron empresas y vidas, temblaban levemente. Sacó su teléfono y marcó un número interno.

​—Marcus—su voz era un gruñido ronco—. Quiero un informe detallado de cada bocado que ella dé en esa cabaña. Si no toca la comida que Martha dejó, quiero que traigas a los mejores nutricionistas de la ciudad bajo el pretexto de atender a su padre. Ella no puede seguir perdiendo peso.

​—Señor, con todo respeto —la voz de Marcus sonó cautelosa—, forzarla a comer solo reforzará la idea de que usted sigue controlando cada aspecto de su biología. Quizás el espacio que le ha dado...

​—¡El espacio no la va a nutrir! —rugió Dante, estrellando su vaso contra el suelo del balcón. El cristal estalló en mil pedazos, una metáfora perfecta de su autocontrol—. Ella está desapareciendo frente a mis ojos, Marcus. Se está convirtiendo en un espectro para castigarme, y no voy a permitir que muera para darme una lección. Haz lo que te digo.

​Dante cortó la comunicación y se apoyó en la barandilla, mirando hacia el lago. Podía ver la luz tenue de una lámpara de pie en la cabaña. Elara estaba despierta. Él sabía que ella sentía su mirada, que la proximidad física sin contacto era una tortura que ambos compartían.

​Al día siguiente, el sol de la mañana se filtró por los ventanales de la cabaña, pero Elara no se movió de la alfombra donde se había quedado dormida. Se sentía mareada, un vértigo constante que atribuía a la falta de alimento y al agotamiento crónico. Cuando finalmente se levantó, caminó hacia la cocina. Sobre la encimera de mármol gris, encontró una cesta de mimbre. No había notas, solo frutas orgánicas, pan artesanal y una botella de leche de almendras.

​Elara sintió una náusea súbita. No era una náusea de enfermedad, sino de rechazo. Miró la comida como si fuera veneno. Sabía que Martha no había elegido esas frutas; Dante conocía sus gustos con una precisión aterradora. Cada bocado que diera sería como aceptar una parte de él dentro de ella.

​Tomó una manzana roja, perfecta, y la apretó en su mano hasta que sus uñas marcaron la piel de la fruta.

​—Crees que puedes comprar mi perdón con bienestar —dijo en voz alta, su voz sonando extraña en la estancia vacía—. Crees que si me devuelves la salud, te devolveré el amor.

​Caminó hacia la puerta de la cabaña y la abrió. Afuera, el aire era fresco y olía a césped recién cortado. Vio a dos jardineros trabajando a lo lejos, moviéndose con la discreción de fantasmas. Sabía que eran hombres de seguridad disfrazados. Dante nunca la dejaría realmente sola.

​Elara dejó la cesta de mimbre en el escalón exterior, intacta.

​—Dile a tu señor —le gritó a uno de los hombres que la observaba desde la distancia— que prefiero el hambre a su caridad. Que si quiere que coma, que me dé un documento de divorcio. Eso es lo único que podré digerir.

​Regresó al interior y cerró la puerta con violencia. Se dirigió al baño y se miró en el espejo. Su palidez era extrema, sus ojos parecían demasiado grandes para su rostro afilado. Recordó a la Elara que vivía en el pequeño apartamento con su padre, la que se preocupaba por las facturas pero que se reía de cualquier tontería. Esa mujer no existía. Dante la había incinerado y ahora intentaba recoger las cenizas con manos de oro.

​A las once de la mañana, un coche médico llegó a la cabaña. No era Dante, sino el Dr. Aris.

​—Elara, necesito tomarte unas muestras —dijo el médico, entrando con una maleta profesional. Sus ojos reflejaban una preocupación genuina—. Dante está... preocupado. Tus niveles de estrés están afectando tu recuperación física.

​—Dile a Dante que mi salud no es de su incumbencia —respondió Elara, sentándose rígidamente en el sofá—. Mi padre es el único que importa. ¿Cómo está él?

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