El primer día en la Universidad de Columbia amaneció con una niebla persistente que envolvía los edificios neoclásicos de Morningside Heights. Para Elara, esa bruma era un refugio. Se miró al espejo de la cabaña un último instante; no había rastro de la seda ni de las joyas que Dante solía imponerle. Vestía unos vaqueros oscuros, una camisa de lino blanco y una chaqueta de punto gris. Había recogido su cabello castaño en una coleta tirante, renunciando a cualquier maquillaje que no fuera un poco de bálsamo labial.
Al salir, el Porsche gris de Dante la esperaba. Él estaba apoyado en la puerta, sosteniendo un termo de café de diseño.
—No tienes que hacer esto —dijo ella, aceptando la bebida—. Puedo ir en metro.
—Una estudiante de medicina de Columbia debe llegar con la mente despejada, no tras pelear por un asiento en la línea 1 —respondió él, abriéndole la puerta con una elegancia natural. Su mirada la recorrió con un orgullo evidente—. Te dejaré a dos manzanas del campus. Mi equipo de seguridad estará en vehículos civiles; no los verás a menos que los necesites.
Elara subió en silencio. Durante el trayecto, Dante no intentó forzar la conversación. Se limitó a conducir, pero ella notaba cómo la observaba de reojo, como si estuviera memorizando esta nueva versión de ella: una mujer que irradiaba una luz de propósito que él no le había otorgado.
—Llegamos —anunció al detenerse cerca de la calle 114—. Elara...
Ella ya tenía la mano en el pomo, pero se detuvo.
—No lo arruines con un discurso posesivo —advirtió, aunque sin la agresividad de antes.
—Solo iba a decirte que no dejes que nadie allí te haga sentir pequeña. Tienes más fuerza en un solo dedo que todos esos herederos de la Ivy League en sus cuerpos enteros.
Elara lo miró, sorprendida por la sinceridad de su voz. Por un segundo, el espacio entre ellos se llenó de una tensión que ya no era solo odio; era algo más complejo, una conexión nacida del reconocimiento mutuo de sus cicatrices. Sin decir nada, ella bajó y se mezcló entre la multitud de estudiantes que caminaban hacia la plaza Low Memorial.
El campus era un hervidero de energía. Sintió un nudo en el estómago al entrar en el majestuoso anfiteatro de la Facultad de Medicina. Se sentó en las últimas filas y encendió su tableta. Tras meses de incertidumbre, finalmente no se sentía como una pieza en un tablero de ajedrez. Se sentía real.
La primera clase, Introducción a la Neuroanatomía, fue fascinante. Mientras el profesor explicaba la plasticidad sináptica, Elara tomaba notas con una velocidad febril. Su mente, adiestrada por el instinto de supervivencia, absorbía la información como una esponja.
En el descanso, mientras buscaba una referencia en la biblioteca, una voz familiar la sacó de sus pensamientos.
—¿Elara? ¿Elara Ríos?

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