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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 71

‎​La rutina en la Mansión Vance adquirió un ritmo eléctrico. Elara ya no era la sombra que deambulaba por los jardines; ahora era una ráfaga de energía que salía cada mañana con pesados libros de texto y regresaba con los ojos brillantes de conocimiento. Dante, por su parte, había empezado a ajustar su agenda. El hombre que no perdonaba un minuto de retraso en sus juntas, ahora se aseguraba de estar en casa a las seis de la tarde para recibirla.

‎​Una noche, mientras ella estudiaba en la gran mesa de la biblioteca —que ahora estaba cubierta de atlas de anatomía y esquemas de bioquímica—, Dante entró en la habitación con dos tazas de té. Se movía con una discreción inusual, observándola desde el umbral con una mezcla de orgullo y una fascinación casi reverente.

‎​—El Dr. Aris me contó que hoy estuviste en la unidad médica antes de clase —comentó él, dejando una de las tazas cerca de su mano—. Dijo que le hiciste una pregunta sobre la regeneración de los ganglios basales que lo dejó pensando toda la mañana.

‎Elara ​levantó la vista, apartándose un mechón de cabello de la cara. Sus ojos, antes apagados por la tristeza, tenían ahora una chispa de intensidad académica.

‎​—La teoría actual es muy conservadora, Dante —explicó ella, olvidando por un momento sus rencores y dejándose llevar por la pasión de lo que estaba aprendiendo—. Creo que si combinamos la estimulación eléctrica con los nuevos fármacos que tu fundación está financiando, papá podría tener una respuesta motora más clara. Aris tiene miedo de arriesgar, pero yo he visto los datos de los laboratorios de Columbia.

‎​Él se sentó frente a ella, fascinado no solo por la explicación, sino por la seguridad con la que hablaba.

‎​—Entonces hazlo —dijo con sencillez—. Eres la presidenta de la fundación y, por lo que veo, pronto serás la mente más brillante de esa unidad. Si tú crees que es el camino, pon a todo el equipo a trabajar en ello. No escatimes en recursos.

‎​Elara se quedó en silencio, procesando el peso de esas palabras. En ese instante, tuvo la certeza de que Dante no la estaba "comprando", sino que estaba poniendo su imperio a disposición de su intelecto.

‎​—¿Por qué confías tanto en mi criterio? —preguntó ella en un susurro—. Solo soy una estudiante de primer año.

‎​—Porque te he visto sobrevivir a cosas que romperían a cualquiera —respondió Dante, su voz bajando a un tono íntimo y ronco—. Y porque cuando te propones algo, el mundo suele apartarse para dejarte pasar. Confío en ti porque eres una Vance, aunque te pese el apellido. Tienes la misma sangre de fuego que yo.

‎​Esa noche, la tensión entre ellos no nació del odio, sino de una admiración mutua que era mucho más difícil de ignorar.

‎​Al día siguiente en la universidad, Elara se enfrentó a su primer examen práctico de disección. El profesor Jones, un hombre conocido por su frialdad y por no elogiar a nadie, caminaba entre las mesas del laboratorio. Cuando llegó a la suya, se detuvo a observar cómo ella manejaba el bisturí con una delicadeza y precisión quirúrgica asombrosas.

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