La mañana en la mansión Vance comenzó con una energía inusual. Elara se preparaba para su último examen práctico del semestre, moviéndose por la habitación con una ligereza que no sentía desde hacía años. Mientras se miraba al espejo, no pudo evitar notar que el brillo en sus ojos ya no era solo de determinación, sino de una felicidad incipiente. El eco del "te amo" de Dante ya no era un ruido extraño; se había convertido en la banda sonora de sus días.
Dante entró en la habitación mientras ella terminaba de arreglarse. Se detuvo en el umbral, observándola en silencio. Ya no era el hombre que miraba una propiedad; era el hombre que miraba su vida entera.
—Marcus ya tiene el coche listo —dijo él, acercándose para rodearle la cintura con suavidad—. Te ves... radiante, Elara. Vas a arrasar en esa facultad.
—Gracias, Dante —respondió ella, girándose entre sus brazos para darle un beso casto—. Gracias por todo.
Horas más tarde, en la unidad médica, Alfonso se sentía pletórico. Había logrado caminar hasta el jardín de la entrada sin ayuda del andador. Una idea repentina, impulsiva y llena de amor paternal cruzó su mente: ¿Y si iba a buscar a Elara? Quería verla salir de la universidad, quería darle la sorpresa y demostrarle que estaba recuperado gracias a su esfuerzo.
—Señor Ríos, el Sr. Vance prefiere que descanse —le dijo el chófer cuando Alfonso le pidió el favor en el garaje.
—Solo será un momento, hijo. Una sorpresa para mi niña. Dante no tiene por qué saberlo hasta que volvamos juntos —insistió Alfonso con terquedad. El chófer, viendo la vitalidad en el anciano, cedió.
Mientras Elara estaba sumergida en su examen y Dante cerraba un trato millonario en la ciudad, el "Observador Silencioso" estaba apostado frente a la salida de la universidad. Su plan era simple y letal: entregarle el sobre a Elara. Él sabía que ella saldría a las 3:00 p.m., el momento exacto para asestarle el golpe de gracia para destruir su relación con Dante, justo en su momento de mayor éxito.
El hombre de la cicatriz esperaba entre la multitud, con el diario y la nota preparados.
A las 2:55 p.m., el coche negro de la mansión se detuvo frente a Columbia. Pero para sorpresa del observador, quien bajó del coche no fue Dante, sino Alfonso.
El anciano caminó hacia la escalinata, apoyado en un bastón, buscando con la mirada el cabello castaño de su hija entre la marea de estudiantes. El observador se quedó paralizado un segundo. Esto no estaba en el plan, pero era mejor. Si el padre veía la verdad, el impacto sería el doble de destructivo.
Un estudiante que trabajaba para el hombre de la cicatriz se movió rápidamente. Fingió tropezar con Alfonso, chocando contra él con fuerza.

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