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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 90

El aire acondicionado de la suite hospitalaria zumbaba, un sonido estéril que Dante ya no soportaba más. Habían pasado apenas unas semanas desde el atentado, y aunque su cuerpo pedía tregua, su mente ya estaba fuera de esas paredes blancas. Él no era un hombre que aceptaba cuidados; él era el hombre que dictaba el orden del caos.

​—Señor, los médicos insisten en que su nivel de hemoglobina es crítico —murmuró Marcus, parado junto al ventanal, observando el despliegue de seguridad en la entrada del hospital—. Dicen que si se levanta ahora, los puntos de la arteria podrían ceder.

​—Ayúdame —la voz de Dante fue un rasguido seco, una orden que no admitía réplica.

​Marcus dudó solo un segundo. Conocía ese tono; era el tono del hombre que prefería morir desangrado antes que sobrevivir bajo las órdenes de un monitor cardíaco. Se acercó y, con una mezcla de firmeza y cuidado, ayudó a Dante a sentarse en el borde de la cama.

​Dante apretó los dientes. El dolor en su costado fue una explosión volcánica, un recordatorio de que el plomo había destrozado tejido y músculo. El sudor frío le perló la frente de inmediato, pero no emitió ni un solo quejido. Sus dedos se clavaron en el brazo de Marcus mientras el mundo daba vueltas en un torbellino de náuseas.

​—Ropa —logró decir, con la mandíbula tan apretada que las venas de su cuello se marcaron como cuerdas—. Ahora.

​Marcus asintió en silencio y sacó del armario el traje que había traído esa mañana: una camisa de seda negra y un abrigo largo de cachemira, diseñado para ocultar no solo su figura debilitada, sino también el abultamiento de los vendajes. El proceso de vestirse fue una tortura lenta. Cada vez que Dante levantaba un brazo para pasar la manga, sentía que un cuchillo al rojo vivo le desgarraba el flanco. Sin embargo, no permitió que Marcus hiciera todo el trabajo. Necesitaba recuperar el control de sus propios miembros, reafirmar que su cuerpo seguía siendo suyo y no una propiedad de los médicos.

​—Los analgésicos lo mantendrán en pie apenas un par de horas, señor —advirtió Marcus mientras le ajustaba el cuello del abrigo—. Después de eso, el colapso será inevitable.

​—Dos horas son más de lo que necesito para dejar las cosas claras —respondió Dante, recuperando un poco de aliento. Se miró en el espejo del baño de la suite. El hombre que le devolvía la mirada estaba pálido, con los pómulos más hundidos y una barba de varios días que le daba un aire de peligroso descuido. Pero sus ojos... sus ojos seguían siendo los de un depredador que acababa de salir de la fosa.

​En ese momento, la puerta se abrió con la brusquedad de quien no pide permiso. Eleonora Vance entró, proyectando una elegancia que resultaba insultante en aquel entorno de enfermedad. Se detuvo en seco al ver a su hijo de pie, abotonándose el abrigo con dedos temblorosos.

​—¿Qué locura es esta, Dante? —exclamó ella, y por primera vez en años, había una nota de auténtica alarma en su voz, aunque no nacía de la preocupación materna, sino del pavor a lo incontrolable—. El director del hospital me ha llamado diciendo que estás intentando firmar tu propia alta. No estás en condiciones de caminar diez metros, y mucho menos de presentarte ante la junta.

​Dante ni siquiera terminó de mirarla. Se concentró en abrochar el último botón, sintiendo cómo la sangre empezaba a humedecer el apósito bajo la camisa. El olor metálico se mezcló con el antiséptico de la habitación.

​—La junta ha estado celebrando mi funeral antes de tiempo —dijo Dante, su voz ganando una profundidad gélida—. Han estado moviendo fichas bajo la mesa, creyendo que el Tiburón se había quedado sin dientes. Si me quedo en esta cama un día más, el lunes no habrá empresa que dirigir.

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