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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 91

El tiempo en el exilio no se medía en semanas, sino en la presión creciente bajo las costillas de Elara y en el volumen de los libros de medicina que devoraba cada noche bajo la luz de una vela que se consumía junto a su ambición. Al entrar en el séptimo mes de embarazo, la ligereza de su juventud había sido sustituida por una gravedad imponente. Sus gemelos, a los que ya empezaba a llamar en sus pensamientos Mateo y Amara, eran dos fuerzas indomables que no le daban tregua ni de día ni de noche. Eran el recordatorio constante de que su cuerpo ya no era una propiedad privada, sino un campo de batalla donde se gestaba el futuro.

​Elara se encontraba en la clínica del Dr. Keller, sentada en un taburete alto mientras revisaba unos análisis de sangre. Sus pies estaban hinchados y su espalda gritaba de agotamiento, pero sus ojos tenían un brillo de lucidez que nunca antes habían poseído. Había algo hipnótico en la forma en que sus dedos recorrían los resultados químicos; no buscaba solo datos, buscaba la verdad detrás del dolor ajeno.

​—Ríos, tómate un descanso —le dijo Keller, dejando un expediente sobre la mesa—. Estás respirando con dificultad. Esos dos te están robando todo el oxígeno.

​—Estoy bien, doctor —respondió Elara, acariciando la curva prominente de su vientre con una calma que rozaba lo místico—. Solo están inquietos hoy. Sienten el frío que entra por la ventana.

​Keller la observó con una mezcla de respeto y lástima. Sabía que Elara trabajaba el doble que cualquier asistente, no solo por necesidad económica, sino por una urgencia espiritual. Ella estaba construyendo un muro de conocimiento entre su presente y su pasado, un muro tan alto que ningún fantasma pudiera saltarlo.

​La fama de "la chica de las manos suaves" se había extendido más allá del pueblo como un reguero de pólvora. El caso de la nieta del Sr. Baumgartner no había sido una casualidad, sino el detonante de una leyenda. Ahora, no era raro que coches de ciudades vecinas, vehículos que desentonaban con el barro y la piedra del lugar, se detuvieran frente a la modesta clínica de Keller. Venían buscando a la asistente que sabía escuchar lo que el cuerpo callaba, a la mujer que diagnosticaba con el alma lo que otros médicos ignoraban con el ego.

​Elara atendía a cada paciente con una seriedad monacal. No necesitaba títulos colgados en la pared para que la gente confiara en ella; su autoridad emanaba de su precisión quirúrgica. Con el dinero extra que recibía de agradecimientos y consultas privadas Elara había empezado a comprar suministros médicos propios. Un estetoscopio de alta gama, manuales de cirugía avanzada traídos de la capital y medicinas que Keller, en su resignación rural, nunca habría podido costear.

​Bajo las tablas del suelo de su buhardilla, la pequeña caja de metal ya no cerraba con facilidad. Elara contaba cada moneda y cada billete como si fuera un segundo de paz comprado para sus hijos. Estaba empezando a ser rica, no por herencia ni por matrimonio, sino por su propio genio.

​Una noche, después de un turno especialmente largo que la dejó al borde del colapso físico, Elara se desvistió frente al espejo de su habitación. La luz de la luna entraba por la claraboya, bañando su cuerpo en un tono plateado, convirtiéndola en una estatua de mármol y vida. Se miró el vientre, tenso y marcado por el esfuerzo de sostener dos mundos.

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