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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 96

Dante regresó a la mansión Vance con los nudillos blancos, apretando el volante de su deportivo como si quisiera estrangular el metal. Estaba perdiendo el juicio. Durante cinco años, había convertido su corazón en un mausoleo sellado al vacío, dedicado exclusivamente a la memoria de la mujer que amó. Había rechazado a modelos, herederas y actrices con una frialdad quirúrgica; ninguna de ellas era capaz de llenar el cráter que Elara dejó al desaparecer en la tormenta.

​Pero esa mujer... la Doctora Ríos.

​—No es ella, Dante. Deja de buscar ecos en la oscuridad —se recriminó a sí mismo, lanzando las llaves sobre la mesa de mármol del vestíbulo. El sonido metálico resonó en las paredes de la mansión, acentuando su soledad.

​Sin embargo, su cuerpo no sabía mentir. Cuando estuvo cerca de ella en el ático, su pulso no había reaccionado ante una desconocida, sino ante una frecuencia que solo ella emitía. Ese apellido, "Ríos", y esa forma de sostenerle la mirada con una mezcla de desafío y un dolor que él sentía en sus propios huesos... era una tortura refinada. Si ella no fuera Elara, él no debería sentir más que una indiferencia profesional. Pero cada fibra de su ser gritaba que la mujer de ojos azules y cabello de azabache era la pieza que le faltaba a su alma mutilada.

​—Si descubro que solo te pareces a ella para jugar conmigo... —masculló al aire, mientras se servía un trago de whisky sin hielo—, te destruiré. Pero si eres tú, Elara... ¿por qué aún me miras como si yo fuera el verdugo y no el hombre que murió contigo aquel día?

​A la mañana siguiente, Elara entró en la mansión Vance para su primer día de tratamiento con Eleonora. El aire dentro de la propiedad seguía oliendo a opulencia rancia y a secretos guardados bajo siete llaves. Marcus la esperaba en el vestíbulo, con una tablet en mano y una mirada inquisidora que intentaba diseccionar el enigma que ella representaba.

​—El señor Vance ha dado instrucciones de que tenga acceso total, doctora —anunció Marcus, guiándola hacia el ala médica privada de la mansión—. Pero debe saber que Seraphina supervisará los suministros personalmente. Dante no quiere errores.

​—No hará falta —replicó Elara, deteniéndose en seco para mirar a Marcus a los ojos, manteniendo su máscara de frialdad intacta—. Dígale a esa mujer que se mantenga alejada de mis viales si quiere que Eleonora llegue viva al fin de semana. No tolero intrusiones en mi protocolo.

​Al entrar en la habitación de Eleonora, el silencio era casi sepulcral, interrumpido solo por el rítmico siseo del respirador. La madre de Dante, antes una mujer imponente cuya crueldad había definido el destino de Elara, ahora era solo una cáscara pálida conectada a monitores. Elara sintió una punzada de ironía punzante: la mujer que más la odió, la que conspiró para expulsarla de esa misma mansión, ahora dependía de la precisión de sus manos para seguir respirando.

​Dante apareció una hora después. No anunció su llegada; simplemente se apoyó contra el marco de la puerta, observando en silencio cómo Elara ajustaba la dosis de la infusión intravenosa. Su mirada era como un láser, buscando cualquier grieta en su actuación, cualquier gesto que delatara a la mujer que él buscaba.

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