El trayecto de vuelta al ático fue un ejercicio de contención absoluta. Elara se hundió en el asiento trasero del taxi, cerrando los ojos mientras intentaba, en vano, regular una respiración que parecía haberse quedado atrapada en el despacho de Dante. El olor de él —ese sándalo profundo mezclado con el acero frío de su oficina— se negaba a abandonarla; se había filtrado por sus poros, burlándose de su disfraz. Había superado la primera prueba, sí, pero el precio había sido despertar a la bestia. Dante no estaba convencido; su instinto, ese depredador que nunca dormía, había reaccionado mucho antes que su razón.
Nada más cruzar el umbral de su hogar, Elara se despojó de las gafas y la peluca con una urgencia que rayaba en el pánico. Se frotó el rostro con una toalla húmeda, eliminando con saña las capas de contorneado que le devolvían la imagen de una extraña. Necesitaba encontrar sus propias facciones, convencerse de que seguía allí.
—¡Mamá! —el grito alegre de Mateo rompió el silencio sepulcral.
El pequeño corrió por el pasillo y se aferró a sus piernas. Elara lo levantó en brazos, enterrando el rostro en su cuello, aspirando el aroma a jabón infantil; el único antídoto contra el veneno de Manhattan. Amara apareció poco después, caminando con esa lentitud que a Elara le destrozaba el alma. Sus labios demasiado pálidos, le recordaban por qué estaba dispuesta a caminar por las brasas.
—¿Cómo te fue con el hombre malo de los edificios de cristal? —preguntó Amara, con esa perspicacia infantil que a veces resultaba aterradora.
—Era solo un hombre de negocios, mi vida —mintió Elara, besando su frente con ternura—. Pero vamos a conseguir lo que necesitamos para que vuelvas a correr por el jardín sin cansarte. Lo juro.
Rosa apareció desde la cocina, secándose las manos en el delantal. Su rostro era un mapa de ansiedad.
—Cenamos temprano, Elara. Los niños ya están listos. Pero mírate... pareces haber visto a un fantasma.
—Yo soy el fantasma, Rosa —susurró Elara, dejando a Mateo en el suelo—. Pero él... él sigue siendo el mismo incendio de siempre.
Dos horas después, el ático estaba sumido en un silencio tenso. Con los niños finalmente dormidos y Rosa retirada en su habitación, Elara se refugió en su estudio. Los expedientes de Eleonora Vance estaban extendidos sobre la mesa bajo la luz amarillenta de una lámpara, pero los niveles de hemoglobina y las gráficas de insuficiencia cardíaca se emborronaban ante sus ojos. La sensación de ser observada, ese escalofrío en la nuca que sentía años atrás en la mansión Vance, no la abandonaba.
De repente, el intercomunicador de seguridad emitió un pitido estridente. Elara se tensó tanto que el bolígrafo que sostenía rodó por el suelo. Al mirar la pantalla, el aire se escapó de sus pulmones.
Frente a la puerta, bajo la luz fluorescente del pasillo, estaba Dante Vance.
No llevaba la chaqueta del traje; su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello, revelando el inicio de ese pecho que ella conocía de memoria. Sus ojos oscuros brillaban con una determinación errática, casi salvaje. Estaba solo. Sin Marcus, sin guardaespaldas. Era el hombre, no el magnate, quien acechaba su puerta.
Elara entró en un estado de pánico funcional. Se colocó la peluca a toda prisa, ajustándola con dedos temblorosos, y se encajó las gafas de montura fina. No tuvo tiempo para el maquillaje; solo pudo morderse los labios para darles color y rezar para que la penumbra del recibidor fuera su aliada. Se aseguró de que la puerta de los niños estuviera cerrada a cal y canto y abrió.
—¿Señor Vance? —usó su voz de "Doctora Ríos", una octava más baja, cargada de una indignación profesional que ocultaba el terror—. ¿Qué significa esta intrusión? Son casi las once de la noche.

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