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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 98

En la penumbra de la biblioteca, el aire se había vuelto tan denso que cada inhalación se sentía como ceniza en los pulmones. Dante la tenía acorralada contra los estantes metálicos; su cuerpo era una pared de calor abrasador, una presencia que despertaba en Elara una memoria celular que creía haber enterrado bajo capas de maquillaje y una identidad falsa. Ella deslizó sus manos por los hombros de él, sintiendo la tensión en sus músculos, buscando ese contacto que era su única moneda de cambio en este juego cruel, pero también su mayor debilidad.

​—Dante... —susurró ella, dejando que su aliento rozara la comisura de sus labios, provocando un sismo en la máscara de hielo del magnate.

Por un segundo, el mundo se detuvo. Dante cerró los ojos y se inclinó, buscando ese calor. Sus labios rozaron los de Elara en un contacto eléctrico, hambriento, desesperado. Un roce que sabía a cenizas y a esperanza renacida. Pero, justo cuando Elara pensó que él finalmente cedería, Dante se tensó de forma violenta.

​Como si hubiera tocado un cable de alta tensión que le recordara quién era y qué había hecho, se apartó bruscamente. El empujón no fue fuerte, pero la distancia que puso entre ambos fue abismal. Su rostro, iluminado por el frío resplandor de las luces LED que bañaban los lomos de los libros, era ahora una máscara de tormento y un desprecio visceral hacia sí mismo.

​—No —masculló él, dándole la espalda de golpe. Se pasó una mano por el cabello, desordenando su perfecta fachada—. No puedo hacer esto. No con usted.

​Elara se quedó apoyada contra el estante, con los labios vibrando y el corazón martilleando contra sus costillas con una fuerza que amenazaba con romperle el pecho. La frialdad de Dante la golpeó como un latigazo en pleno rostro.

​—¿Qué pasa, Vance? —preguntó ella, forzando una calma profesional que no sentía, aunque el temblor en sus dedos la traicionaba—. ¿Le asusta sentir que su corazón sigue vivo después de tanto tiempo?

​Dante se giró con la velocidad de un depredador herido. Sus ojos no eran los de un hombre arrepentido; eran los de alguien que acababa de morder un anzuelo y odiaba el sabor del metal en su boca.

​—Usted no entiende nada, doctora —dijo él, con una voz peligrosamente baja que destilaba una advertencia mortal—. Mi cama no está vacía porque me falten opciones. Este mundo está lleno de mujeres dispuestas a vender su alma por un minuto de mi atención. Si está vacía es porque no hay nadie en este planeta que tenga el derecho de ocuparla. Ni una sola.

​Caminó hacia ella, invadiendo de nuevo su espacio personal con una furia silenciosa. Esta vez no había deseo en sus movimientos, solo una advertencia gélida que la hizo retroceder mentalmente.

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