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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 99

​La ala médica dentro de la mansión Vance operaba con la precisión de un reloj suizo, un entorno de asepsia y silencio que Elara utilizaba como escudo. Bajo su identidad de Olivia Ríos, pasaba las mañanas monitoreando la respuesta celular de Eleonora al nuevo tratamiento. El ambiente era profesional, distante y gélido, justo como ella necesitaba que fuera después del incendio que casi se desata en la biblioteca.

​Dante no le dirigía la palabra más allá de lo estrictamente necesario. Se limitaba a observar desde el umbral, con los brazos cruzados y esa mirada oscura que parecía querer atravesar el cristal de su alma buscando una grieta. Elara sentía su presencia como una presión constante en la nuca, pero se obligaba a no flaquear.

​Fue a media mañana cuando el destino decidió jugar sus cartas. Elara estaba inclinada sobre la cama de Eleonora, ajustando el sensor del catéter central. Debido al calor de las máquinas y al esfuerzo de la concentración, se había recogido un mechón de su peluca tras la oreja, olvidando por un segundo que el cuello de su bata médica era traicionero ante ciertos movimientos.

​Dante se acercó para verificar una lectura en el monitor de signos vitales. En ese instante, Elara se tensó para alcanzar una conexión, dejando su cuello expuesto.

​Dante se quedó petrificado. Sus pulmones se olvidaron de cómo procesar el aire.

​Desde su ángulo, justo debajo del lóbulo de la oreja izquierda, en el nacimiento del cuello, vio un pequeño punto oscuro. Un lunar perfectamente redondo, del tamaño de una cabeza de alfiler. El mismo lunar que él había besado mil veces en sus noches de pasión. El mismo lunar que él consideraba su marca de propiedad sobre la piel de Elara.

​—Doctora... —la voz de Dante salió como un crujido seco, cargada de un asombro que bordeaba el terror.

​Elara se giró de inmediato, cubriéndose instintivamente al notar la palidez extrema de él.

​—¿Se encuentra bien, señor Vance? —preguntó ella, recuperando su tono profesional—. Su ritmo cardíaco parece haberse disparado solo de mirarme.

​Dante no respondió. Sus ojos estaban fijos en ese punto, ahora oculto por el cabello falso. Sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y salió de la habitación con paso errático, dejando a Elara con una punzada de ansiedad perforándole el pecho.

​Dante se refugió en su despacho, cerrando la puerta con fuerza. Estaba temblando. «¿Es ella? No, es imposible. Los ojos son de otro color, el cabello es distinto... la voz es más dura. Pero ese lunar...». La duda era un ácido que le quemaba las entrañas. Sabía que si preguntaba directamente, ella mentiría con esa frialdad que manejaba tan bien. Necesitaba que bajara la guardia. Necesitaba romper la máscara de la Doctora Ríos.

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