Martina se molestó. Justo cuando iba a protestar, escuchó a su abuelo asentir, dándole la razón.
—Tu primo tiene razón, no cualquiera puede ser forense.
—Ni siquiera tienes una convicción firme, mejor ni pienses en esa carrera.
Martina refunfuñó entre dientes, sin querer admitirlo, pero la verdad es que no tenía ninguna convicción firme.
Ser doctora estaba bien, pero si se volvía forense, seguramente terminaría llorando del susto todos los días.
Ella sentía que era valiente; después de todo, desde chiquita había visto mucha sangre.
Pero los muertos eran otra cosa.
Especialmente cuando los cuerpos se presentaban en todo tipo de estados.
Antes, cuando Kelvin le contaba sus casos, Martina siempre gritaba del miedo.
Si se dedicara a eso, se la pasaría desmayándose todos los días, ¿no?
—¿Y apoco Cecilia sí tiene esa convicción?
Martina seguía un poco ofendida.
—Las dos somos mujeres. ¿No es normal que a las mujeres les den miedo los muertos y esas cosas?
Kelvin le lanzó a su prima una mirada cargada de significado.
—Ella no es como tú.
A simple vista se notaba que Cecilia no creía en fantasmas ni en supersticiones.
Por eso no sentía miedo.
Tenía un carácter muy centrado y no era escandalosa.
Una persona así de verdad servía para ser forense.
Lástima que Cecilia no tuviera gustos tan extremos.
Solo sonrió y se disculpó.
—Por ahora no tengo planeado estudiar medicina forense.
—Bueno, ni hablar.
Kelvin tampoco iba a obligarla.
Al fin y al cabo, era mujer; si no era necesario, no tenía caso presionarla para meterse en eso.
La verdad es que había muy pocas mujeres forenses en el departamento, principalmente porque solían guiarse por sus sentimientos.
Las emociones nublaban fácilmente su juicio.
Él se lo propuso a Cecilia solo porque de verdad era excelente.
Si ella decía que no, entonces no pasaba nada.
En la mesa, Gordon también mencionó a su hermana Paloma.
Como su esposo había decidido hacerse cargo de los niños, a Paloma no le importó.
Total, ninguno de sus dos hijos se parecía a ella.
Ella siempre estaba ocupada trabajando, así que era natural que descuidara un poco su crianza.
Ellos también terminaron encariñándose más con su padre.
Paloma a veces pensaba que, si su marido no hubiera muerto tan pronto, tal vez no habrían llegado juntos a viejos.
Aunque se amaban, sus personalidades eran polos opuestos.
A veces se ponía a reflexionar si le había faltado demostrarle más cariño a su marido o si había sido demasiado estricta con sus hijos.
Pero Paloma rápidamente desechaba esos pensamientos.
Porque no tenía tiempo.
Su tiempo representaba la vida de otras personas, no podía desperdiciarlo.
—Mi abuela es la mejor.
Cecilia también se alegró de saber que la anciana pensaba en ella.
El invierno en Viento Claro era mucho más duro que en Villa Solana.
Increíblemente, la anciana le había mandado con Gordon un abrigo con capucha, todo forrado de borreguito por dentro, perfecto para no pasar frío.

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