Con lo brillante que era, Jana jamás tendría problemas para encontrar un buen marido.
El detalle era que, a veces, la belleza atraía más problemas que beneficios.
De hecho, Jana ya había tenido problemas de acoso con un maestro.
Aunque el profesor Calvo la había defendido a capa y espada, sentía que su alumna estrella necesitaba a un hombre con poder que la protegiera de verdad.
No era una mala idea; al final, solo quería que la joven tuviera un buen respaldo.
Como el profesor Calvo y Jana se subieron en los asientos de atrás, Agustín le pidió a su chofer que los llevara directo al restaurante.
Luego le hizo una seña a su prometida para que se bajara.
—Ceci, nosotros nos vamos en tu coche.
—Sale —dijo Cecilia bajándose del auto.
Hasta ese momento, el profesor Calvo se dio cuenta de que había otra chica en el vehículo.
¿Quién era esa joven?
Se veía que tenía muchísima confianza con Agustín.
Pero él tenía entendido que Agustín era hijo único y no tenía hermanas.
Así que la identidad de la muchacha era más que evidente.
Esa deducción le causó un poco de molestia al veterano arquitecto.
No es que le enojara que Agustín tuviera novia, sino que se sentía un tonto por no haber investigado antes.
Si hubiera sabido que el muchacho ya estaba comprometido, no habría llevado a su alumna. ¡Qué oso!
Iba a arruinar la reputación de Jana a lo tonto.
Cualquiera que no los conociera pensaría que la trataba con tanto cuidado porque era su hija no reconocida.
Jana también se sintió muy desilusionada; su mentor ya le había platicado maravillas del exitoso y joven señor Sandoval.
Ella sabía perfectamente qué intenciones tenía el profesor y, en el fondo, sí le emocionaba la idea.
Pero, ¡oh sorpresa!, cuando por fin la llevó a conocerlo, resulta que el hombre ya venía bien acompañado.
Tal vez el profesor Calvo no ubicaba a la chica, pero Jana la conocía perfectamente.
Era imposible no conocerla después de que la universidad transmitiera una disculpa pública dirigida a ella durante tres días seguidos en la cafetería.
Todos en el campus ya sabían quién era y tenían clarísimo que no debían meterse con ella.
Si la hacían enojar, los mandaba a la cárcel o los humillaba con disculpas públicas. ¿Quién iba a soportar algo así?
Cuando sus compañeros le contaron el chisme, Jana se grabó muy bien la cara de esa chica.
Si se la topaba, no iba a buscar problemas por nada del mundo.
Jana odiaba admitirlo, pero se la estaba comiendo la envidia.
Era una mezcla de celos y frustración.
Ella creció solo con su mamá; le habían dicho que su padre había fallecido antes de que ella naciera.
Venía de un hogar de madre soltera, y a su mamá le había costado sangre, sudor y lágrimas sacarla adelante.
Por eso Jana se mataba estudiando.
Quería ser la mejor en todo, enorgullecer a su madre y sacarla de trabajar.
Pero nunca imaginó que una simple compañera de universidad iba a pisotear todo su orgullo sin el más mínimo esfuerzo.
Con su nivel económico, la idea del profesor de presentarle al señor Sandoval era un disparate.
¿Qué le hacía pensar que alguien como ella estaría a la altura del empresario?
En cambio, alguien como Cecilia, que podía darse el lujo de manejar un Panamera, hacía la pareja perfecta con él.
El profesor Calvo notó lo distraída que estaba y frunció el ceño.
—¿Estás bien, Jana?
La joven sacudió la cabeza para volver a la realidad.
—Sí, todo bien, profesor. Está haciendo frío aquí afuera, mejor ya entremos.

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