Agustín y Cecilia ya venían caminando hacia ellos.
Al escucharla, Agustín también los invitó a pasar.
El lugar tenía un ambiente espectacular: muy tranquilo y rodeado por un jardín lleno de flores que soltaban un aroma delicioso.
Cenar al aire libre en ese patio tenía su propio encanto.
Pero la verdad es que el viento estaba algo fuerte.
Así que era mejor quedarse adentro.
Los interiores eran aún más fascinantes.
No era una simple decoración con estilo rústico; todo el diseño era verdaderamente clásico.
Los adornos y muebles eran piezas de época.
Aunque seguramente había muchas réplicas de gran calidad, no sería raro que tuvieran más de una antigüedad auténtica.
Si los dueños no exhibían todo su arsenal histórico, era para no tentar a los amantes de lo ajeno.
Exhibir réplicas teniendo piezas de gran valor guardadas demostraba lo astutos que eran.
El profesor Calvo ya era cliente frecuente, pero para Jana todo era nuevo.
Volteaba para todos lados, maravillada con cada rincón.
La estructura arquitectónica del lugar daba material para todo un semestre de estudio.
El arquitecto aprovechó para darle una clase exprés a su alumna: le explicó a qué periodo correspondía el diseño, cuáles eran sus características principales y de dónde provenía la inspiración.
Los dos se clavaron en una plática de lo más interesante.
En este restaurante no había menú; servían lo que el chef preparaba en el día, aunque los clientes podían avisar si tenían alergias o restricciones.
Mientras esperaban a que llegara la comida, el profesor Calvo aprovechó para preguntarle a Agustín:
—Señor Sandoval, ¿no nos va a presentar a su acompañante?
Agustín ya pensaba hacerlo, pero con la pregunta del profesor, la presentó con mucho orgullo.
—Ella es mi prometida, Cecilia. También estudia en la Universidad de Viento Claro, en la facultad de medicina.
El profesor Calvo se quedó pasmado. Con todo el trabajo que tenía casi no se enteraba de los chismes, pero el nombre de Cecilia sí le sonaba.
¿Cómo no iba a conocerlo, si la muchacha acababa de armar un escándalo enorme? Cualquiera que pisara la cafetería escuchaba hablar de ella.
Ni siquiera él, siendo maestro, se había salvado de enterarse.
Además, Cecilia irradiaba una confianza impresionante que a Jana le faltaba por completo.
Y por más que ella se arreglara para ir a la universidad, nunca se iba a ver tan espectacular como la prometida de Agustín.
¿De verdad crecer en una familia acomodada te hacía más bonita?
Jana se hizo esa pregunta mentalmente.
Ella había escuchado el chisme sobre Cecilia: ¿que no había resultado ser hija adoptiva?
¿Entonces por qué seguía siendo tan brillante?
¿Acaso no le afectaba el hecho de haber perdido su estatus familiar?
Durante la cena, Cecilia se dio cuenta de las miraditas que le echaba Jana.
Pero le dio exactamente igual.
Al final del día, ella solo iba de adorno y para comer gratis.
Su mayor aporte a la velada fue, probablemente, arruinarle al profesor Calvo su intento de ser el cupido de Jana.
Al terminar de cenar, Agustín y el profesor Calvo ya habían cerrado el trato de los planos arquitectónicos.

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