—Si es tan bueno, ¿por qué no andas con él tú? —Cecilia no se tragaba esa cara de mosca muerta.
Era una experta en hacerse la víctima.
En el pasado, Cecilia tal vez habría sido paciente, pero ya no.
Le daba demasiada flojera pelearse verbalmente con gente así.
—Pero yo no soy la que le gusta a Owen. Cecilia, no deberías jugar con los sentimientos de los demás.
»Si Owen te escuchara, seguramente se molestaría mucho.
Cecilia la miró con ironía:
—Qué considerada eres, siempre pensando en los demás.
Acto seguido, giró la cabeza hacia Owen, que la había seguido hasta la cafetería.
—Ven acá —le exigió—. Estas chicas te están defendiendo a capa y espada, ¿no vas a decirles nada?
A decir verdad, Owen estaba aterrado por la agresividad de Cecilia.
Solo habían murmurado un par de cosas y ella les estampó la comida en la cara. ¡Vaya desperdicio!
Si de milagro lograba andar con ella, ¿le aventaría un plato a la primera provocación?
Solo de imaginarlo se le ponía la piel de gallina.
Empezó a dudar si su estrategia de verdad estaba funcionando.
¿Y si a Agustín le gustaban así de salvajes y no del estilo refinado de su hermana?
Si lograba espantar a Cecilia, ¿no aparecería otra igual o peor?
Owen estaba al borde del pánico. ¿Qué se suponía que debía hacer?
Sentía que la situación lo superaba por completo.
Sin embargo, tampoco soportaba a ese trío.
¿Qué clase de estupideces estaban soltando?
Sus valores estaban completamente torcidos.
Por eso, cuando Cecilia lo llamó, Owen se acercó con paso dudoso.
Bajo la intimidante presencia del plato de Cecilia, soltó lo primero que se le vino a la mente:
—Cecilia tiene razón. Que yo intente conquistarla es asunto mío, no le estoy aplicando ningún chantaje emocional.
»Si a mí no me molesta, ustedes tres no tienen por qué ofenderse en mi lugar.
Teresa se puso pálida de rabia; para ella, Owen era un reverendo idiota.
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