—Me comentaron que te habían llamado, pero creí que era broma. ¡No me imaginé que de verdad fueras tú!
Benito le hizo una seña con la mano a Cecilia.
Ella se acercó hacia donde él estaba.
—¿Qué les pasa a todos ustedes? Mi papá está en estado crítico y en lugar de estarlo atendiendo de urgencia, se quedan aquí perdiendo el tiempo. ¿Qué tanto murmuran?
Era la primera vez que Cecilia veía a los demás integrantes de la familia Calvo.
Y vaya sorpresa, apenas llegó y ya había alguien haciendo un berrinche.
Ese hombre era nada menos que el papá de Marcelo Calvo.
Se notaba a leguas que no tenía ni idea de cómo funcionaban las cosas; a esas horas, los médicos que estaban presentes eran puro peso pesado.
Probablemente, al ver a Cecilia tan joven, pensó que sería fácil intimidarla.
Como no podía hacerles frente a los directivos tan colmilludos del hospital y tampoco se atrevía a meterse con los verdaderamente influyentes, terminó desquitándose con ella.
Cecilia observó detenidamente al papá de Marcelo; tenía toda la finta de ser un hombre consumido por los vicios y los excesos.
Ni siquiera le dieron ganas de echarle una segunda mirada.
Benito ignoró por completo a Gregorio Calvo.
Simplemente se dedicó a poner al tanto a Cecilia sobre la situación actual del señor Fernando.
—Si te soy sincero, ya le sugerimos a la familia que lo mejor es dejarlo ir. Si entra a quirófano, es muy poco probable que su cuerpo aguante la cirugía.
—Con un tratamiento conservador podríamos estabilizarlo, pero la familia tendría que estar preparada para lo peor en cualquier momento.
—¡Pues entonces traigan a otro equipo de especialistas! Si ustedes no sirven para nada, ¿me van a decir que no hay ni un solo médico competente? —gritó Gregorio, sin querer escuchar las explicaciones del subdirector.
Estaba convencido de que toda esa gente solo había sido enviada por la directiva para darles largas.
Seguro no soportaban ver a la familia Calvo en la cima y por eso les hacían esa jugada.
Si no, ¿cómo era posible que nadie pudiera localizar al doctor Hernández?
Y para colmo, en una situación tan delicada, mandaban a una jovencita inexperta.
¡Y encima una mujer! ¿Qué se suponía que iba a hacer?
A Gregorio solo le faltaba apuntarle con el dedo en la cara a Cecilia para insultarla.
Pero Cecilia no estaba ahí para aguantarle sus groserías.
—¿Entonces me retiro?
La pregunta de Cecilia dejó al subdirector con la boca abierta.
Esta chava sí que tenía agallas.


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