—Ya, cállense todos. Aunque logremos salvar al señor Fernando, se va a volver a infartar del coraje nada más de ver a sus descendientes —rugió el doctor Benito Ramírez con voz potente.
Todos en ese hospital eran médicos militares con rangos reales en los hombros.
Benito era el de mayor jerarquía.
No le tenía miedo a la familia Calvo.
Y mucho menos a sus berrinches y exigencias.
Gregorio recibió el regaño, pero no se atrevió a enfrentarse al doctor Ramírez.
Conocía su reputación y sabía que era un hombre muy respetado.
Ante él, no eran nadie para andar haciendo exigencias.
—Doctor Ramírez, no diga eso —intervino la hija de la familia Calvo.
Fernando tenía dos hijos y una hija, y ella solía depender bastante del respaldo de su familia.
—Solo estamos preocupados por mi papá.
—Él está delicado y si ha aguantado tanto es por nosotros, sus hijos. ¿Cómo cree que nos atreveríamos a hacerle dar un coraje?
La hija de los Calvo parecía tener mucha labia, tanto que Cecilia no pudo evitar mirarla de reojo.
Benito le llamó la atención:
—Deja de ver. Cámbiate de ropa y acompáñame adentro para checar la situación.
Los estaban llamando en medio de la reanimación.
Siempre debían estar preparados.
Cecilia asintió y siguió al doctor Ramírez.
Se puso el uniforme y entró a la sala de emergencias.
—¿Cuál es la situación?
Preguntó Benito al ver que el equipo trabajaba de forma ordenada.
—Sigue en reanimación, pero el paciente... no parece tener muchas ganas de vivir.
Seguramente el coraje que le hicieron pasar sus familiares fue tan grande que el anciano ya prefería tirar la toalla.
Salvar a un paciente en estado crítico que ya no quiere luchar es especialmente difícil.
—Aún está consciente, pero el dolor es insoportable. Pensamos en administrarle analgésicos, pero ya los hemos usado demasiadas veces.
—A su cuerpo ya casi no le hacen efecto.
El médico a cargo soltó un suspiro.
—¡Hay esperanza!
El doctor Blancas no quitaba la vista del monitor; al ver que los números subían, todos se llenaron de emoción.
¡Lo habían salvado!
Media hora después, Cecilia y los demás abrieron la puerta de la sala de urgencias.
—Doctor Blancas, ¿cómo está mi papá?
La hija de Fernando fue la primera en acercarse.
Fingiendo gran preocupación.
Se decía que su hijo estaba en un momento crucial de su carrera, por lo que la muerte de su abuelo en ese instante afectaría muchísimo a su familia.
A decir verdad, los dos hijos de Fernando no servían para nada, y sus nietos directos tampoco, el nieto por parte de su hija era el único decente.
Pero hasta él había llegado lejos por puras palancas.
Era del tipo que no destacaba mucho, pero tampoco era un inútil total.
—Logramos estabilizarlo, pero aún no está fuera de peligro.
El doctor Blancas lanzó una mirada fulminante a todos los Calvo: —Si quieren que el paciente no vuelva a despertar, sigan armando sus berrinches aquí afuera.

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