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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1205

—Señora, hágase a un lado, no interfiera con el trabajo de los médicos —le advirtió el doctor Blancas, sin una pizca de tacto.

La señora Calvo recibió el regaño y, aunque le hirvió la sangre de coraje, no quería que la culparan por retrasar el tratamiento.

Se apartó de inmediato, pero siguió murmurando entre dientes, pues le parecía que Cecilia era demasiado joven para confiar en ella.

Las dudas de Emilia Calvo sobre Cecilia no eran del todo infundadas.

—Emilia, deja de hacer berrinche —la reprendió su hermano mayor—. ¿Ya se te olvidó que la vez pasada también fue la doctora Ortiz quien entró a la sala de urgencias?

Aunque Erasmo había cometido errores en el pasado, no dejaban de ser problemas menores.

Para la familia Calvo, el hermano mayor aún conservaba cierta autoridad.

Como era de esperarse, en cuanto habló, todos guardaron silencio.

Roberto no despegaba la vista de la puerta de urgencias y se mantenía al margen de los demás.

A Erasmo le habría gustado acercarse a consolar a su nieto, pero con su esposa y sus hijos presentes, sabía que si hablaba demasiado con Roberto, se ganaría los reproches del resto.

De joven había dado malos pasos y ahora estaba pagando las consecuencias.

Erasmo se negaba a aceptar que fuera una mala persona, pero sus acciones decían lo contrario.

Él también quería ganarse la lealtad del muchacho, tal como lo había hecho el patriarca, con la esperanza de que en el futuro apoyara a toda la familia.

Lástima que Roberto no caía en ese tipo de manipulaciones.

Sin importar las intenciones ocultas que la familia Calvo albergara en los pasillos, Cecilia ya había entrado a la sala de urgencias.

Al ver el rostro pálido y demacrado de Fernando, supo que la situación era crítica.

Apenas sacó sus agujas para comenzar el tratamiento, el anciano la tomó de la muñeca.

Fernando negó débilmente con la cabeza y logró articular: —Ya no... más.

Le costaba mucho hablar; cada sonido que salía de su garganta requería un esfuerzo enorme.

Pero Cecilia comprendió el mensaje al ver la súplica en sus ojos.

Miró al doctor Blancas con pesar y le dijo: —El señor Fernando ya no tiene voluntad de vivir. Dejémoslo ir en paz.

El doctor Blancas sintió un nudo en la garganta que terminó por liberar en un largo suspiro: —Sé que es lo correcto, pero los familiares allá afuera...

Un médico debía sentir una profunda empatía, pero al mismo tiempo mantener la cabeza fría ante la realidad ineludible.

Al aceptar la naturalidad de la muerte, se evitaba cargar con la culpa de no poder salvar a un paciente.

Y no es que ella hubiera fallado; simplemente, el tiempo de Fernando había llegado a su fin.

Era como una vela: por mucho que intentaras alargar su llama, tarde o temprano terminaba por consumirse.

Y una vez consumida la cera, ya no había vuelta atrás.

Cecilia no quería alargar el sufrimiento de Fernando en vano.

El doctor Blancas habría querido intentarlo una vez más, pero decidió respetar el deseo del paciente.

En el fondo, todos sabían que cualquier esfuerzo adicional era solo por cumplir con su deber médico.

En la práctica, el estado de Fernando ya era irreversible.

Incluso si lograban estabilizarlo, solo conseguirían prolongar su agonía.

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