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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1206

¿Qué sentido tenía?

Diez minutos después, el tratamiento de Cecilia hizo efecto.

El anciano no solo recuperó un poco de lucidez, sino que el dolor cedió considerablemente.

Ese era el mejor estado en el que podía estar dadas las circunstancias.

Hizo un gesto con la mano para indicarles que no se esforzaran más.

Cecilia se quedó a un lado mientras el doctor Blancas asintió con respeto hacia el abuelo Fernando y salió a llamar a los familiares.

Los Calvo seguían esperando en el pasillo.

Roberto era el más angustiado, pero, como el resto de la familia lo había hecho a un lado, le resultaba imposible acercarse.

Lo único que podía hacer era mirar con ansiedad al doctor Blancas.

—Doctor Blancas, ¿cómo está mi papá? —preguntó Emilia, abriéndose paso hasta quedar al frente.

Al ser la única mujer entre los hermanos, estaba convencida de que su padre debía tener más consideraciones con ella.

Por lo tanto, si estaba a punto de dictar su testamento, ¡seguramente ella se llevaría la mejor parte!

Erasmo, el mayor de los hermanos Calvo, se mantenía sereno.

Su padre ya había pasado por esa sala de urgencias innumerables veces y siempre salía con vida, ¿no?

Su actitud calmada era una forma de demostrarle respeto al patriarca, sin mostrar ambición desesperada.

Lástima que, en esta ocasión, el doctor Blancas estaba a punto de darle malas noticias.

—Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos —anunció el médico.

—El señor Fernando ha decidido detener el tratamiento y quiere verlos por última vez.

—Entren si tienen algo que decirle.

Al ver a la multitud de la familia Calvo, el doctor Blancas rectificó: —Que pase solo un representante por familia.

—El paciente está muy débil y dudo que tenga fuerzas para hablar mucho.

—¡Cómo que un representante! ¡Mi papá adora a mi Mateo! —reclamó Emilia.

De inmediato, tomó a su hijo del brazo y se abrió paso hacia la habitación.

Tenía que apresurarse; quedarse afuera quejándose de la ineficiencia de los médicos no le dejaría ninguna ganancia.

—¡Papá! Si te vas, ¡qué va a ser de mí! —exclamó.

Entró haciendo todo un drama, llorando a gritos, lo que alteró al anciano y provocó que el dolor recién calmado regresara de golpe.

El señor Fernando levantó la mano hacia ella.

Así que decidió no decir más al respecto.

Ya se lo habían dicho tanto la doctora Ortiz como aquella chica de la familia Lara: cada quien forja su propio destino.

¿De qué servía seguir angustiándose?

El testamento llevaba tiempo redactado.

Su dinero en el banco se dividiría en cuatro partes iguales: una para Roberto, y las otras tres para Erasmo, Gregorio y el menor de los hermanos.

La casa en la que vivía volvería a manos del Estado, por lo que no entraba en la repartición.

De todas formas, sus tres hijos ya tenían sus propias casas y no necesitaban de él para eso.

A Roberto le había comprado una propiedad a su nombre y le dejaba su colección de antigüedades; todos esos objetos de valor que tanto apreciaba serían para su bisnieto.

Al final, Roberto era quien se llevaba la mayor tajada.

Y, en la mente del resto de la familia, eso significaba que la rama de Erasmo estaba recibiendo más de lo justo.

Gregorio y Emilia de inmediato mostraron su descontento.

¡Pero la esposa de Erasmo tampoco estaba conforme!

Si los bienes quedaban a nombre de Roberto, ¡sus propios hijos y nietos no verían ni un centavo de esa parte!

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