Los Calvo estallaron en llanto.
Por fin asimilaron la realidad: el gran pilar que sostenía a la familia acababa de derrumbarse.
¡A partir de ese día, ya no habría nadie poderoso que los protegiera!
Eso significaba que la familia Calvo tendría que bajar la cabeza y andarse con mucho cuidado.
Entre gritos y lamentos de desesperación, exigían a los médicos que lo reanimaran.
Emilia incluso se acercó a jalonear a Cecilia: —¡¿No que eres doctora?! ¡Sálvalo, haz algo!
—Mi papá...
Emilia estaba tan histérica que ni ella misma sabía lo que decía.
Cecilia se soltó de su agarre y negó con la cabeza: —Lo lamento mucho, el paciente ha fallecido. Les doy mi más sentido pésame.
Emilia, negándose a aceptar la verdad, la señaló furiosa y empezó a insultarla: —¡Fuiste tú! ¡Tú mataste a mi papá!
—¡Cuando el doctor Hernández lo atendía, mi papá siempre salía bien!
—¡Fue cambiar a tus manos y todo salió mal!
—¡Estás muy niña para esto! ¡Seguro entraste aquí por palancas!
—¡Te voy a denunciar!
—¡Acabas de matar a un gran hombre, me voy a encargar de que no vuelvas a ejercer la medicina en toda tu vida!
Agustín, tras enterarse de que el señor Fernando estaba en urgencias y que probablemente no sobreviviría, se apresuró a llegar al hospital.
Su único propósito era asegurarse de que nadie se aprovechara de Cecilia.
Sabía que, al ser una doctora tan joven, era el blanco perfecto para que los familiares descargaran su frustración.
Y no se equivocó. Apenas cruzó la puerta, vio a una mujer enloquecida jaloneándole el cabello a Cecilia.
—¡Suéltela! —bramó Agustín, al que le hirvió la sangre.
Cecilia no se había dado cuenta de que Emilia le había dejado un rasguño en la cara hasta que escuchó la voz de Agustín y salió de su estupor.
Pero Emilia no detuvo sus agresiones.
Estaba completamente cegada por la ira; no importaba quién interviniera.
Tuvo que llegar Agustín a rodear a Cecilia con sus brazos para protegerla, mientras un par de guardaespaldas apartaban a la fuerza a Emilia.
—¡Vaya, qué bonito! ¡La doctora mata a mi papá y encima traen a gente para golpearme! ¡Los voy a quemar en todas partes! —gritaba Emilia.
Estaba fuera de sí.
—¡Pues voy a llamar a la policía en este mismo instante!
—Tenemos un registro completo de todos los procedimientos que se le hicieron al señor Fernando.
—¡Este hospital no tiene nada que esconder!
Ante la firmeza del doctor Blancas, Emilia se sintió acorralada al instante.
Bajó el tono de voz y murmuró: —No me estoy quejando del hospital, ¡me quejo de ella!
El doctor Blancas soltó una risa irónica: —Señora Calvo, qué fácil es desquitarse con quien cree más débil.
—Le informo que la doctora Ortiz es una especialista invitada por nuestro hospital.
—Fue alumna del señor Rodrigo Serrano, sus conocimientos médicos son intachables y cuenta con su cédula profesional en regla.
—Incluso ha salvado la vida de hombres que han resultado heridos en la línea de fuego. ¡Su currículum es intachable, no le tenemos miedo a ninguna investigación!
El propio doctor Blancas había revisado el expediente de Cecilia apenas hace poco.
Así se enteró de que ella había sido clave en la atención médica de Fabián. Con razón el director Benito siempre daba la cara por ella.
Para los grandes referentes del gremio médico, los talentos como el de ella eran algo digno de proteger.

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