—¿Qué? —Erasmo no podía creerlo—. Eso fue lo que tu bisabuelo le dejó a nuestra familia, ¿cómo que lo vas a donar?
Esas cosas eran valiosísimas; con solo vender una pieza cualquiera se podía comprar una casa entera en Viento Claro.
Esa era la verdadera herencia que el viejo había dejado a sus descendientes.
¿Por qué diablos iba a donarlas?
—Lo voy a corregir en algo: esas cosas me las dejó el bisabuelo a mí, no a su familia.
—Yo soy el que toma las decisiones —dijo Roberto con una sonrisa.
Sin prestarle más atención a Erasmo, comenzó a caminar hacia la salida.
Erasmo salió tras él, pero Roberto lo detuvo de golpe:
—No se moleste en tratar de convencerme, o ahorita mismo llamo al museo y les digo que usted quiere vender esas antigüedades.
—Y ni se le ocurra ir a esconder las cosas, porque están todas contadas.
—Voy a hacer la donación revisando todo con la lista oficial.
—Si en el museo notan que falta algo, pues tendré que llamar a la policía.
Erasmo tragó saliva, jamás se imaginó que el muchacho fuera tan cabrón.
Como dice el dicho: perro que no ladra, muerde. Antes ni abría la boca, y ahora sus palabras cortaban más que las de nadie.
Si de verdad donaba todo, los Calvo se quedarían con las manos vacías.
Erasmo ni siquiera se atrevió a cambiar de actitud y no le quedó más remedio que tratar de convencerlo por las buenas:
—Roberto, no hables por puro coraje.
—Esas cosas son de tu bisabuelo, pertenecen a la familia Calvo. Aunque no las quieras, no puedes donarlas.
¡Pero Roberto le demostró con acciones que sí podía!
Sacó su celular y llamó de inmediato al museo, donde aceptaron ir a revisar el inventario en cuanto terminara el funeral del bisabuelo.
Erasmo intentó arrebatarle el teléfono, pero Roberto no se lo permitió.
Lo esquivó y le dijo al personal del museo:
—No hace falta esperar a que termine el funeral del bisabuelo. Temo que los objetos de valor de la casa se pierdan, así que es mejor que vengan cuanto antes.
Al notar que hablaba en serio, en el museo de inmediato organizaron a su equipo de expertos para ir a recoger las antigüedades a la casa de la familia Calvo.
Si alguien les estaba regalando cosas así, ¿cómo iban a rechazarlo?
Además, al donarlas a un museo nacional, aunque Erasmo y los suyos quisieran recuperarlas, no tendrían el poder para hacerlo.
Erasmo se fue con una cara de pocos amigos.
Seguramente iba a pensar en una estrategia.
En ese momento, Roberto se dio la vuelta y vio a Cecilia; no estaba seguro de cuánto había alcanzado a ver.
Le sonrió tímidamente.
—¿Doctora Ortiz, todavía no se ha ido?
Cecilia asintió con una sonrisa:
—Aún no, y no fue mi intención escuchar su plática.
—No te preocupes. Es que no quiero que los Calvo me sigan molestando por culpa de esas antigüedades. Esas cosas estarán mejor aprovechadas en un museo que en mis manos.
Cecilia le dio la razón.
—Pero tienes que tener cuidado. Si la familia Calvo no consigue lo que quiere, es muy probable que se desquiten contigo.
La familia Calvo no parecía estar llena de personas que respetaran las reglas.

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