Los hechos demostraban que había personas que simplemente eran así de brillantes.
En verdad no debió juzgar a su alumna sin antes confirmar la situación.
—Tampoco soy una experta, solo es que aprendí medicina desde que era una niña.
El profesor Aguirre empezó a admirar aún más a Cecilia.
El doctor Blancas no había parado de llenarla de halagos durante la llamada; era evidente que la joven era una fregona.
El profesor Aguirre no era de los que juzgaban por apariencias.
Mientras Cecilia de verdad fuera tan sobresaliente, daba lo mismo si asistía a su clase o no.
Sin embargo, había algo que lo tenía bastante intrigado.
—Si ya eres médico, ¿por qué escogiste la carrera de medicina convencional para la universidad? —El profesor Aguirre a veces no entendía a los jóvenes de hoy. ¿Acaso todos eran así de aplicados?
—Quería aprender cosas nuevas.
—Además, de niña no solo aprendí sobre remedios caseros, sino también medicina convencional.
—Mi primera maestra fue mi abuela.
—Ella se dedicaba a eso.
Ah, con razón.
El profesor Aguirre le hizo un par de preguntas avanzadas y, al ver que las respondía con facilidad, supo exactamente cómo tratarla de ahí en adelante.
Cuando Cecilia salió de la oficina, el profesor le comentó a Yael con admiración:
—¡Los chavos de hoy están cañones, tienen mucha mejor preparación que la que tuvimos nosotros en nuestra época!
—Pues claro, ella lo trae de familia. —Yael aprovechó para platicarle al profesor Aguirre la anécdota de cuando Cecilia, en pleno entrenamiento de inducción, le había hecho una cirugía a un compañero.
—¿Te refieres al muchacho que casi pierde... el paquete? —El profesor Aguirre ya había escuchado el rumor y por fin le cayó el veinte.
Con razón algunos maestros le habían comentado que la Facultad de Medicina le había robado la joya de la corona a la Facultad de Matemáticas.
¡Vaya que sí era buena!
—¡Así que ella fue la de esa cirugía y hasta tiene un historial clínico a su nombre! Esta muchacha va a llegar muy lejos.
El profesor Aguirre suspiró. Así eran las cosas; las nuevas generaciones venían pisando fuerte y, en muy poco tiempo, ellos se quedarían como dinosaurios.
—¡Pues sí! —Yael también le veía un gran futuro a Cecilia.
Cecilia ni se enteró del chisme que traían esos dos.
—Como hay gente tranzando dinero en esas reuniones, prefiero no ir.
—Además, me he dado cuenta de que algunos compañeros de grados superiores son bien mañosos y solo van a ver si ligan con las de nuevo ingreso.
—Nomás buscan aprovecharse de las inocentes.
Cecilia sonrió con resignación:
—No todos tienen tan mala suerte como Estella.
—Todos entraron a la Universidad de Viento Claro, hay mucha gente que solo quiere aplicarse en sus estudios. En esas asociaciones también hay compañeros de años superiores que son chidos y les pasan apuntes a los de primer ingreso.
Mireya seguía sin convencerse.
No quería apuntes ni nada por el estilo, prefería ponerse a estudiar por su cuenta antes de que la terminaran estafando o rompiéndole el corazón.
—No insistas con Mireya, está asqueada por lo que le pasó —intervino Macarena—.
—Apenas esta mañana un chavo de su mismo estado se le declaró en la cafetería.
A Macarena le daba mucha risa contar la anécdota.
Era obvio que ese día habían pasado un montón de cosas divertidas de las que Cecilia no estaba enterada.

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