Mientras los masajistas hacían su trabajo, también les prepararon unas bebidas.
Si las clientas decían tener sed, ellos mismos les daban de beber.
Claro que solo les sostenían el vaso; no había ningún tipo de servicio inapropiado.
Era evidente que el número 88 sabía lo que hacía; su técnica de masaje era excelente.
Cecilia cerró los ojos para relajarse bajo sus manos expertas.
A su lado, Fiona de plano se quedó dormida.
Cecilia vio con sus propios ojos cómo a Fiona se le escurría la baba por la comisura de la boca.
Se quedó sin palabras ante semejante escena.
Por suerte, el terapeuta no hizo ningún comentario y, al notarlo, simplemente le limpió la saliva con cuidado.
Al terminar el masaje corporal, les dieron un masaje en la cabeza con movimientos muy suaves.
Cuando terminaron por completo, los dos chicos las cubrieron amablemente con unas mantas.
Las dejaron ahí para que pudieran descansar.
Al ver que Fiona dormía tan profundamente, Cecilia dudó si debía despertarla.
Fue el número 88 quien le aclaró:
—No se preocupe, señorita, pueden pasar la noche aquí.
—Si se le antoja comer algo, puede pedirlo y se lo traerán.
Con esa opción, Cecilia se quedó tranquila y decidió dormir ahí mismo.
Como Fiona seguía roncando y a ella no le daba mucho sueño, se puso a ver una película.
La puso a un volumen muy bajo para no molestarla.
Cuando Fiona por fin despertó, ya eran las dos de la mañana.
Cecilia también había tomado una pequeña siesta.
Había puesto el seguro de la puerta para estar más seguras.
Cuando Fiona abrió los ojos, Cecilia también se levantó y pidió algo de cenar.
Y la verdad sea dicha, la comida ahí sabía mejor que en muchos restaurantes convencionales.
—Escuché que el 88 no viene a trabajar todos los días, solo se aparece una o dos veces por semana. Tuvimos muchísima suerte en que nos tocara.
—Casi todas sus clientas son habituales, y prácticamente tienen que pelearse por conseguir una cita con él.
—Algunas hasta hacen su reservación con quince días de anticipación.
Ese era el chisme que Fiona había estado compartiendo frenéticamente por mensajes con sus amigas.
Al enterarse de que a la amiga de Fiona le había tocado el número 88, todas sintieron mucha curiosidad.
Incluso se arrepintieron un poco de no haber ido con ella.
Aunque no lo pidieran para ellas, con tal de compartir habitación y poder ver de cerca a semejante bombón, habría valido la pena.
—Mis amigas son unas pervertidas que solo se fijan en el físico.
—El chico que me tocó a mí no estaba mal, pero se queda muy corto a lado del 88.
—Ese número 88 tiene su encanto; cada uno de sus movimientos me pareció muy seductor.
Cecilia, que había tenido más contacto con él, por supuesto que también lo había notado.

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