—Un chavo se me declaró y a la fuerza me puso estas flores en las manos.
—Mi primera reacción fue tirarlas a la basura, pero están muy bonitas y Mireya me convenció de traerlas.
Macarena recibía flores de diferentes chicos a cada rato, así que ya no le sorprendía en lo más mínimo.
—Son muy bonitas, tirarlas hubiera sido un desperdicio. Al menos este chico tiene buen gusto y estilo.
Al ver las flores, Cecilia le dio la razón.
Un arreglo floral como ese no bajaba de los quinientos o seiscientos pesos.
Al menos se notaba que el chico le había invertido.
Mireya puso los ojos en blanco: —Te dije que las trajeras, ya ves que hasta a Ceci le gustaron.
—Nuestra princesita tiene más dinero que sentido común, ¡quería tirarlas a la basura!
—Que le falte sentido común lo entiendo, pero ¿qué tiene que ver el dinero? —preguntó Cecilia. Al escuchar eso, a Macarena le dieron ganas de golpearla.
—¿Pues qué más va a ser? Como se quedó con las flores, le transfirió seiscientos sesenta y seis pesos al chavo, diciéndole que le deseaba "mucho éxito en la vida".
¡Aceptó el regalo, pero le pagó para rechazar sus sentimientos!
A Macarena le sobraba el dinero, así que no le importaba soltar unos cuantos pesos.
Cecilia asintió, comprendiendo la situación. Estaba bien que al menos fuera directa y no le diera falsas esperanzas a nadie.
Muchas chicas se dejaban lavar el cerebro por las palabras bonitas cuando se les declaraban y ni siquiera sabían cómo poner límites básicos.
—Lástima por mis seiscientos sesenta y seis pesos, era lo que me iba a gastar en tres días de comida.
En realidad, Macarena no era de las que derrochaba su dinero de forma exagerada.
Su familia le compraba todo lo que necesitaba y le daba una mesada de seis mil pesos mensuales, los cuales usaba únicamente para sus comidas y antojos.
Tampoco era un lujo extremo. Había estudiantes en la escuela que recibían diez mil o hasta veinte mil pesos al mes de mesada.
A pesar de tener dinero, sabía controlarse, lo que demostraba que su familia no la había malcriado demasiado.
Eso se debía principalmente a que su abuelo, el patriarca de la familia González, era un militar retirado que siempre les había inculcado el valor de la austeridad.
Macarena se aferró al brazo de Cecilia, lista para escuchar con atención.
—Dime de una vez, Ceci. ¡Necesito un amuleto para espantar a todos estos perdedores!
Si no fuera porque las verdaderas intenciones de esos chicos eran tan descaradas, Macarena no estaría tan paranoica.
Esos tipos la veían como una simple inversión, ¡qué oportunistas!
Definitivamente hacían honor a su título de estudiantes destacados de la Universidad de Viento Claro; uno era más calculador que el otro.
Cecilia la miró con una sonrisa: —¿Ya ves? Ahora entiendes que mantener un perfil bajo a veces sirve para protegerte.
Macarena hizo un berrinche. Estaba acostumbrada a llamar la atención y jamás se limitaría en su comida, su ropa o sus lujos.
Incluso si su estilo de vida atraía a los lobos, seguía sin sentir que estuviera haciendo algo malo.
Cecilia se dio cuenta de su actitud, así que fue al grano: —Si quieres que esos tipos te dejen en paz, es muy fácil.
—Solo tienes que buscarte un novio. Pero tiene que ser alguien tan inalcanzable que ningún otro atrevido se anime a competir con él.

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