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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1335

—Tus padrinos sí que no tienen corazón, con todo lo que les rogaste, ¡y aún así me exigen que cambie los materiales!

Edgar empezó a sentir que su hija no servía de mucho después de todo.

Antes siempre conseguía lo que quería, pero ahora ni siquiera había podido abogar por él.

—Papá, es que esta vez fuiste demasiado descuidado. Si mi padrino no se hubiera dado cuenta, las cosas no habrían terminado así.

¿Qué era eso de que solo había mezclado la mitad con materiales de segunda?

En realidad, dos tercios eran basura.

Se había confiado creyendo que Aarón no revisaría todos los materiales de un jalón y por eso se atrevió a engañarlo.

Ahora que Aarón se había puesto estricto, Edgar también estaba angustiado.

¿Quién querría devolver el dinero que ya sentía en su bolsillo?

—Mañana vas a la casa de tu madrina otra vez.

—Ve con tu mamá y llévenle un regalo. —Edgar todavía quería dar patadas de ahogado—. El otro día tu mamá dijo que alguien le regaló unos postres finos.

—Llévaselos a tu madrina.

Renata se quedó de una pieza.

Quiso decirle que a su madrina no le hacían falta unos simples postres.

Pero su papá era demasiado tacaño para gastar dinero en un buen regalo.

—Y también lleva ese licor que traje del pueblo, ese es buenísimo, llévale un par de botellas a tu padrino.

Aquel licor artesanal del pueblo apenas costaba unas cuantas monedas.

Su papá le había puesto unas cajas elegantes para fingir que era un licor exclusivo y carísimo.

Edgar había regalado ese licor a mucha gente.

¿Pero acaso su padrino no conocía las mañas de su padre?

—Papá, ¿y si mejor le sacas dos botellas de tu licor bueno?

A Renata le daba vergüenza ir a regalar eso.

Edgar le lanzó una mirada fulminante.

—¡Tú qué vas a saber!

—¡Antes de hacerse rico, tu padrino se la pasaba labrando la tierra!

—Darle un buen licor es echar a perder el trago.

Renata frunció el ceño, pero no dijo nada más.

Aunque sabía que su padre estaba equivocado, Edgar no era de los que cambiaban de opinión solo porque su hija le dijera un par de cosas.

Aarón e Hilda se habían disgustado tanto por la actitud de Edgar de llevar a su hija a suplicar, que la pareja apenas y tocó los cubiertos.

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