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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1344

Ella no hizo el mínimo esfuerzo por retenerlo.

Al contrario, fue Ramiro el iluso que creyó que los problemas de Cecilia con Delfina eran por celos hacia él.

La realidad era que la verdadera víbora de la historia siempre había sido Delfina Ortiz.

—Es cierto, a mí no me interesa Cecilia y yo no le importo a ella. Además, ya está comprometida.

Al notar el silencio de Amanda Villegas, Ramiro se sintió en la obligación de aclarar las cosas.

Si ya la tensión era insoportable por culpa de Delfina, involucrar a Cecilia en esto solo haría explotar todo en pedazos.

Cecilia, por su parte, solo los había visto de reojo mientras hablaba por teléfono.

No tenía la más pálida idea de que se había convertido en el tema de conversación.

Estaba en línea con Agustín Sandoval. Como él no podría acompañarla esa noche a cenar, tendría que compartir la mesa solo con la abuela Lorena y Rayan Ortiz.

Claro que, como la abuela Lorena estaba presente, Lautaro también se sumaría a la cena.

En fin, la mesa seguiría estando bastante llena.

Al terminar de cenar, Cecilia coincidió en el pasillo con la salida de los Gallegos y los Villegas del salón VIP contiguo.

Ramiro asintió hacia ella en un gesto de reconocimiento.

Iván también le dio un saludo con aires de superioridad patriarcal.

Cecilia respondió con total frialdad.

La familia del señor Villegas sentía curiosidad por la joven, pero mantuvieron las distancias por educación.

—¡Cecilia!

Resulta que Delfina Ortiz había estado espiando a los Gallegos hasta seguirlos a La Belle Cuisine.

Escondida en un rincón, al ver a los Gallegos salir entre risas y charlas amistosas con la familia de Amanda Villegas, se dio cuenta de que el acuerdo seguía en pie.

¿Entonces en dónde quedaba ella?

¿Acaso eso significaba que todo había acabado definitivamente con Ramiro?

Consumida por la tristeza, al ver salir a Cecilia con esa figura envidiable y ese aire tan sofisticado, los celos estuvieron a punto de enloquecerla.

Sin poder contenerse, gritó su nombre a los cuatro vientos.

Cecilia giró el rostro y la miró fijamente.

—¿Qué quieres?

Su tono gélido hizo hervir la sangre de Delfina.

—¿Qué demonios haces aquí? —Delfina se negaba a aceptar su propia miseria frente a la radiante presencia de Cecilia.

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