—¿Y qué fue lo que le hizo albergar esperanzas que no le correspondían?
La sonrisa nostálgica de Alain Dubois se congeló.
Sabía que esta chica, Cecilia, era igualita a su padre.
Parecía inofensiva, pero con una sola frase te podía hacer hervir la sangre de coraje.
En aquel entonces, pensaba que Néstor Ortiz era un estudiante sin recursos, así que intentó convencerlo de que, cuando tratara con la gente de Estrellonia, les diera ciertas facilidades.
Lo que Néstor Ortiz podía ofrecerle era una riqueza que él jamás alcanzaría en su vida.
Pero, ¿qué le respondió Néstor Ortiz?
Profesor, a mí no me falta dinero.
¿No le faltaba dinero?
¡Un muchacho de pueblo diciéndole que no le faltaba dinero!
Si no te falta dinero, ¿por qué andas comiendo puras sobras y tomando agua?
¡Si de verdad tienes dinero, ve a la cafetería y cómete un buen corte de carne todos los días!
Pero luego, se consiguió a la hija del hombre más rico y por fin pudo comer carne de verdad.
Alain Dubois entonces lo entendió: ¡a eso se refería Néstor con que no le faltaba dinero!
No le faltaba dinero, ¡perfectamente podía vivir de su cara bonita y ser un mantenido!
Ser un traidor a la patria no dejaba tanto como ser un mantenido.
—¿Acaso siente que soy repulsiva y que en eso soy igualita a mi padre?
Al ver la mala cara de Alain Dubois, Cecilia adivinó por dónde iban sus pensamientos.
Este hombre seguramente venía de una pobreza extrema y por eso se ofendía por cualquier cosa.
Él no se atrevía a soñar con la joya de la familia Ortega, así que ¿por qué Néstor, que estaba peor que él, sí se atrevió?
Exacto. Cuando vio a Néstor almorzando un par de veces con la señorita Ortega en la cafetería, perdió la cabeza por los celos.
¿Qué derecho tenía Néstor Ortiz?
Ambos eran pobres, pero él al menos había logrado ser profesor en la Universidad de Viento Claro, mientras que Néstor era solo un estudiante muerto de hambre. ¿Qué podía ofrecerle a Luciana Ortega?
Alguien como ella merecía que la trataran como a una reina.

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