—¡Gente como usted, que vende su alma por unos cuantos billetes, no debería volver a pisar nuestra tierra mirasiana!
—Me da asco solo de pensar que respiro el mismo aire que usted.
—Y encima soñaba con algo inalcanzable. ¡Mírese ahora, no es más que un sapo cubierto de veneno!
Cecilia no se anduvo con rodeos, y Alain Dubois enfureció.
—¿Y por qué crees que terminé así?
—¡Todo es por culpa de tus padres!
—Tu padre, Néstor, se hacía el muy digno frente a mí. Yo era su maestro y ni siquiera quiso darme un poco de ayuda.
—¡Y tu madre era peor!
—Se creía superior solo por tener dinero y nos miraba por encima del hombro a los que éramos pobres.
—¿Qué tiene de malo ser pobre? Mírame, ahora vivo muy bien.
—En cambio tus padres, a lo mejor ya ni siquiera quedan sus huesos.
Al escucharlo, Cecilia sintió curiosidad por saber por qué decía semejante cosa.
¿Qué significaba eso de que era culpa de sus padres? ¿Acaso el hecho de que estuviera tan expuesto a la radiación tenía que ver con ellos?
—No estoy de acuerdo con eso de que no quedan ni sus huesos.
—Si usted no se ha muerto, ¿cómo iban a morir ellos?
—Tantos espías de Estrellonia y ninguno ha podido encontrar su rastro, eso significa que deben estar muy seguros, ¿verdad?
—Les tiene tanto rencor y dice que terminó así por ellos... ¿Acaso fueron ellos los que le dijeron que se expusiera a elementos radiactivos?
—Más bien fue usted, que quiso dar el gran golpe y su codicia lo cegó, ¿no es así?
Lo que Cecilia no esperaba era haber dado en el clavo otra vez.
Alain Dubois de verdad los odiaba por eso.
En aquel entonces, alguien encontró una piedra muy extraña en la frontera de Mirasia, con la que probablemente se podría crear un nuevo metal para fabricar armas aeroespaciales mucho más potentes.


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