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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1420

El rostro de Helena se petrificó. ¿Acaso esperaba que le pidiera perdón a Cecilia?

¡Cecilia no era más que una aparecida, una pueblerina con suerte!

Si no fuera por el fantasma de su madre, Luciana Ortega, la niña ni siquiera tendría derecho a estar parada frente a ella.

¿Con qué cara le iban a exigir que se rebajara a pedirle perdón?

Pero bajo la mirada aplastante de Agustín, Helena no tuvo más opción que tragarse su orgullo.

Giró hacia Cecilia, ocultando el veneno en sus ojos, y esbozó la sonrisa más plástica que pudo encontrar.

—Ceci, cariño, por favor no le tomes a mal las palabras a tu tía.

—De verdad estaba fuera de mis cabales. Ya ves cómo se portaron Aurora y Davis, no me hacen caso en nada.

—Simplemente no pueden comprender todo lo que una madre está dispuesta a sacrificar por ellos.

Cecilia ya no tenía ni la más mínima intención de seguir discutiendo con ella. Solo sentía una inmensa lástima por Aurora y Davis por tener que lidiar con una madre tan tóxica.

—No solo ellos no pueden comprenderla, tía Helena, yo tampoco puedo.

Cecilia mantuvo un tono plano y gélido.

—Tener una madre como usted es… toda una bendición.

Dicho esto, tomó la mano de Agustín y se alejaron juntos hacia el interior de la casa.

Dejaron a Helena plantada en el jardín, completamente sola.

Helena se quedó rumiando la última frase de Cecilia, hasta que, varios segundos después, escupió al suelo con furia.

¡Maldita chiquilla, dándoselas de sarcástica!

Por desgracia, Cecilia ya estaba lejos, y con Agustín protegiendo su espalda, Helena no se atrevería a perseguirla para seguir peleando.

Dio un pisotón en el césped, ahogando un grito de frustración. Luego, de golpe, recordó las últimas palabras que le habían lanzado sus hijos antes de irse.

¿Y si de verdad iban a buscar a Jaime para convencerlo de firmar el divorcio?

Peor aún, ¿y si esa víbora de Cecilia iba con el chisme a la rama principal para que ellos obligaran a Jaime a dejarla en la calle?

Un escalofrío le recorrió la espalda. De pronto, tuvo el horrible presentimiento de que sus días de gloria estaban a punto de terminar.

Agustín guio a Cecilia de regreso a la sala principal.

Allí encontraron a la tía Lourdes consolando a doña Mercedes.

La anciana, a quien Helena había insultado descaradamente frente a todos, estaba sentada en un sillón, agarrándose el pecho con expresión de dolor.

Helena realmente había sabido meter el dedo en la llaga.

—Ya a su edad, en ese aspecto, él ya ni siquiera…

—¡Te dije que te calles! —Doña Mercedes casi salta del asiento para taparle la boca a su hija.

¡Las nueras de la familia Ortega estaban ahí mismo! Si escuchaban esas intimidades, ¡se burlarían de ella hasta el fin de los tiempos!

Adara no tenía filtro; no le importaba el lugar ni la ocasión, simplemente soltaba lo primero que se le cruzaba por la mente.

—Mamá, Lourdes ya lo sabe todo de todos modos, no sirve de nada que me mandes a callar.

—Gonzalo y yo llegamos a un acuerdo hace años. Cada quien hace su vida y tenemos una relación abierta. La verdad es que así estamos en paz.

—Sé que para tu generación es difícil de digerir, pero hoy en día muchos matrimonios funcionan así.

—Nuestra única incompatibilidad es física, no mental ni financiera.

—Quédate tranquila, todo el dinero que hacemos está asegurado para nuestros hijos. Jamás dejaremos que caiga en manos de extraños.

En lugar de avergonzarse, Adara intentaba convencer a su madre de que su estilo de vida era una genialidad.

Doña Mercedes sentía que los ojos se le iban a voltear del coraje.

Cecilia, que acababa de entrar a la sala en ese preciso momento y había escuchado toda la confesión, tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada en medio del drama.

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