Helena no estuvo de acuerdo, pero Silvia estaba aún más deseosa de que sucediera.
—Hermana, si mi Salomón se casa con Cecilia y luego tu Aurora se une a la familia Sandoval, ¿no sería perfecto para todos?
Si Cecilia supiera lo que planeaba aquella mujer, seguramente se reiría con frialdad.
Alguien más ya lo había intentado y había fracasado.
¡Estos parientes eran como lobos hambrientos!
—Sería ideal, pero con el abuelo Esteban en la familia Ortega, ¡sus planes jamás se harán realidad!
Helena sabía muy bien que, si su familia de sangre actuaba a sus espaldas, romperían lazos definitivamente con los Ortega.
Y su propia hija saldría perdiendo.
Por algo Helena había sabido manipular a Jaime Ortega durante tanto tiempo.
Tenía la suficiente astucia para saber qué límites no debía cruzar.
Aunque le guardara rencor a la rama principal de la familia, sabía que sus hijos dependían de ellos.
A fin de cuentas, ni su padre ni su abuelo servían de apoyo.
—Si logras convencer a Salomón, entonces hablamos —dijo Helena.
Ella sabía que Salomón tenía una novia.
Pero los Gallegos no la aceptaban.
La chica era su compañera de la universidad, pero venía de una familia humilde y era de otra ciudad.
Por eso la despreciaban.
Silvia no había dejado de entrometerse, intentando separar a su hijo de esa muchacha a toda costa.
Como resultado, Salomón casi no visitaba su propia casa.
Al oír esto, el rostro de Silvia se tensó.
Ese hijo suyo, que de niño era tan dulce, ahora que tenía alas propias se había vuelto demasiado terco.
Incluso le repugnaba la idea de aprovecharse de su prima política.
Silvia no entendía qué pasaba por su cabeza.
Su sobrina política también era parte de la familia; ¿acaso no era lógico apoyarse mutuamente?

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