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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1430

Durante esos años, los Gallegos se habían dado la gran vida. Con tanta comida exquisita y sedentarismo, casi todos habían engordado y perdido la forma, excepto la hija de Silvia, que al menos había heredado algo de la figura esbelta y los rasgos atractivos de su tía.

Y era precisamente por ese parecido que la joven sobrina se creía intocable. Soñaba con atrapar a un millonario y casarse con una familia incluso más poderosa que los Ortega.

Vaya uno a saber qué clase de fantasías absurdas se le pasaban por la cabeza.

—¡Jaime no se atrevería! —bufó Helena, aún convencida de que tenía el control absoluto sobre su marido.

En todos esos años, habían tenido innumerables peleas, e incluso Jaime había protagonizado un par de rumores escandalosos, pero ella siempre lograba someterlo. Sentía que nadie más podría dominar a un hombre como él.

Si no hubiera sido por el choque brutal respecto al matrimonio de su hija, las cosas no habrían llegado al extremo de hablar de separación.

—Hermana, nunca subestimes a un hombre —le advirtió Silvia con voz envenenada—. Si su corazón ya empezó a mirar a otra parte, no habrá poder humano que lo haga volver.

Silvia recordó la vez que atrapó a su propio marido coqueteando con una viuda, y el resentimiento acumulado hizo que sintiera una profunda y retorcida satisfacción al ver a su cuñada a un paso de ser humillada y abandonada.

En aquella ocasión, cuando Silvia hizo un escándalo, ¿qué fue lo que le dijo Helena?

«Silvia, mi hermano y tú ya han pasado media vida juntos. Incluso si tiene sus aventuras por ahí, ten por seguro que tú y su hogar siempre serán su prioridad.»

«Quédate tranquila, toda la familia te respalda.»

Era verdad que Xandro casi se acuesta con otra mujer, pero Silvia lo había descubierto justo a tiempo y había arruinado sus planes.

Después del drama que se desató, el hombre bajó la cabeza y se portó bien por un tiempo.

Quién sabe si había vuelto a las andadas; al menos Silvia no había vuelto a encontrarle pruebas de ninguna otra aventura.

Pero ahora, viendo cómo su altiva cuñada estaba al borde de perderlo todo, Silvia no cabía en sí de gozo.

Así que, mientras fingía consolarla, se dedicaba a echarle sal a la herida para provocarla más.

Las insidiosas palabras de Silvia lograron sembrar el pánico en la mente de Helena. Aun así, demasiado orgullosa para dar su brazo a torcer, decidió quedarse en la casa de sus padres.

—Gracias por su apoyo, Silvia. La verdad es que ustedes no tienen idea del infierno que es vivir rodeada de los Ortega.

—¡Hasta la mocosa insolente que acaba de recuperar mi cuñado se atreve a humillarme!

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