Cecilia asintió: —¿De verdad quieres entrar a esa compañía de danza, Aurora?
Unirse a la compañía nacional de danza sonaba increíble, pero daba la impresión de que bailar ahí no brindaba mucha libertad.
Sin embargo, Aurora lo tenía muy claro.
—Sí. Si entro a la compañía, viajaré de gira constantemente y podré vivir en sus residencias. Será mucho mejor que estar en casa.
Cecilia observó el hermoso rostro de Aurora.
—Eres bellísima, Aurora, tienes una figura envidiable y bailas increíble. Seguro brillarás en esa compañía.
—Pero he escuchado que en esos lugares hay mucha envidia y traiciones.
En el fondo, a Cecilia le preocupaba que se aprovecharan de su prima.
Aunque Aurora había crecido con la educación de la familia Ortega, y no se dejaría vencer por pequeños obstáculos, su corazón seguía siendo bastante inocente.
Aurora sabía que Cecilia se preocupaba por ella y le sonrió con dulzura.
—No te angusties, sigo siendo una chica Ortega. Si no pudiera manejar algo así, menos me atrevería a entrar a la industria del entretenimiento.
—Tienes razón —admitió Cecilia al instante, notando lo bien planificado que tenía su futuro.
Entrar al mundo del espectáculo había sido la idea original de Helena.
El plan de Helena era que su hija se uniera a Tatiana Ortega en esa industria.
Con todos los contactos que Tatiana tenía en el medio, ¿a quién le costaría lanzar a la fama?
¡Qué mejor que impulsar a alguien de su propia sangre!
En la mente de Helena, si Tatiana podía crear estrellas de cine, sin duda convertiría a su hija en una celebridad internacional.
Lástima que Tatiana no quiso involucrarse.
En privado, Aurora había buscado a su tía Tatiana para dejarle en claro que no deseaba ser famosa, pidiéndole que ignorara por completo las ocurrencias de su madre.
Obviamente, Tatiana jamás le haría caso a Helena.
Pero si su sobrina realmente quisiera ser actriz, ella podría haberle abierto las puertas.
—Cecilia, hermosa, me encantaría invitarte a comer algo. ¿Me harías el honor?
A los ojos de Cecilia, la actitud de Leandro resultaba asquerosamente melosa.
Ese día, ella salía de la escuela junto a Martina Ruiz.
Como el semestre acababa de iniciar y no tenían muchas clases, Martina le propuso ir de compras y le preguntó si quería acompañarla.
¿Cecilia?
A ella no le faltaba absolutamente nada, pero al ver a Martina tan entusiasmada, decidió ir con ella.
Jamás imaginó que apenas cruzaría la puerta se toparía con Leandro.
Frunció el ceño, ya sin ocultar su molestia: —Señor Vera, ¿no se lo dejé claro antes? Si vuelve a aparecerse por aquí, llamaré de inmediato a las autoridades.
Cecilia sacó su teléfono celular. Y no planeaba llamar a una línea de emergencia cualquiera, sino al número privado del alcalde Vera.
Un número que le había conseguido Agustín.

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