Aunque no pudiera seguir los pasos de su hermano y convertirse en forense, Martina estaba decidida a esforzarse al máximo para llegar a lo más alto de la medicina y estar cerca de los grandes líderes del país.
Cecilia se alegró genuinamente al ver que su amiga encontraba una motivación tan clara.
—Si te lo propones y te esfuerzas, sé que lo lograrás. Confío plenamente en ti —le dijo Cecilia con una sonrisa de apoyo.
Martina alzó la barbilla con determinación.
—¡Por supuesto que lo haré!
De pronto, una voz cortó su conversación.
—Cecilia, Martina, ¿de qué están hablando con tanto entusiasmo? Compartan el chiste para que toda la clase se ría.
El profesor ya las había mirado de reojo un par de veces, pero las dos estaban tan inmersas en su charla que no se dieron cuenta. Finalmente, él perdió la paciencia y las expuso frente a todos.
Ambas cruzaron una mirada de pánico; no esperaban ser el blanco del profesor.
—Disculpe, profesor. Estábamos hablando de nuestras metas profesionales para el futuro —respondió Cecilia, sin mentir.
El profesor, aún sin aflojar el semblante, insistió:
—Ah, ¿de verdad? ¿Y cuáles son esas grandes metas que las tienen tan emocionadas que no pueden prestar atención a la clase? Compártanlas con el resto de nosotros.
Martina se sintió ruborizar. No quería sonar arrogante, solo se había dejado llevar por el entusiasmo del momento.
—Quiero esforzarme estudiando para ser la mejor doctora... ¡Una tan buena que pueda atender a los altos líderes del país! —soltó Martina sin filtros.
Al escuchar eso, toda la clase estalló en murmullos y risas. La mayoría reía de buena fe, pero algunos pensaban que la chica estaba delirando.
¿Atender a los líderes del país? ¡El nivel de exigencia para eso era estratosférico! ¿Podría Martina alcanzar algo así en toda su vida? Los médicos que lograban ese honor eran eminencias nacionales, los mejores cirujanos y especialistas del momento, y aún entre ellos, pocos tenían acceso directo a ese círculo.

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