*¿Acaso nadie ha visto esto? ¡Por favor, que alguien llame a la policía!*
Si no lo ayudaban pronto, ¡iba a estirar la pata!
—Dejen a Humberto en paz. Él no tiene nada que ver. ¡Si se muere, la escuela hará un escándalo!
—No creo que quieran llamar más la atención, ¿verdad?
Cecilia lo dijo con un tono cargado de intenciones.
Efectivamente, no querían problemas extra; su único objetivo era sacar a Cecilia de ahí.
Augusto miró a Vanesa, indicándole con los ojos que se relajara, que no matara al chico solo porque le caía mal.
Pero Vanesa se encogió de hombros.
—Si se muere, se muere. Y si pasa, será por tu culpa.
*¿Qué?*
—No quiero morir —murmuró Humberto.
Su voz apenas era un susurro.
—¡Están aquí!
Un estudiante que había escuchado los gritos de auxilio llamó inteligentemente a la policía y trajo a los guardias.
Los guardias llegaron antes que las autoridades y corrieron hacia ellos.
—¡¿Quiénes son ustedes?! ¡Suelten al muchacho!
El rostro de Augusto se ensombreció. Pensó que sería un trabajo limpio, pero Vanesa había metido la pata de la forma más estúpida posible.
—¡Atrás! ¡Es solo un problema de parejas!
—¡Si no retroceden, lo mato! —Vanesa reaccionó con rapidez, tratando de tomar el control.
Lástima que a Augusto no le gustara para nada esa solución suya.
Los protectores de Cecilia, al ver una ventana de oportunidad, se prepararon para atacar. Pero de pronto, un auto apareció de la nada.
El vehículo aceleró bruscamente, amenazando con atropellarlos a todos.
—¡Detengan ese auto!
Amelia Corrales palideció al darse cuenta de lo que planeaban y gritó la orden a sus hombres.
Pero fue demasiado tarde. ¡El conductor era un experto!
Derrapó con maestría, deteniéndose justo frente a Augusto y Cecilia. Augusto la empujó hacia el auto mientras una bala le rozaba la oreja.
—Señorita Ortiz, está mucho más tranquila de lo que imaginamos.
Augusto la observó con evidente curiosidad.
Esta chica valía su peso en oro. Se decía que tenía un intelecto prodigioso.
De hecho, su cerebro ya había sido subastado en la Dark Web.
Aunque los proyectos genéticos aún estaban en fase experimental, un espécimen con sus capacidades era el sueño de cualquier científico oscuro.
Aun antes de ser capturada, las pujas por ella triplicaban las ofertas por otros genios.
¿Quién no querría transferir su mente a un cuerpo joven, hermoso y brillante?
Aquellos magnates al borde de la tumba babeaban al ver las fotos de Cecilia.
Su único defecto, a los ojos de sus compradores, era ser Mirasiana.
Mirasia era una nación milagrosa para el resto del mundo.
Su gente siempre se mantenía unida en tiempos de guerra, y su velocidad de reconstrucción posguerra era legendaria.
Además, su despegue económico había puesto a las potencias internacionales en estado de alerta.
Nadie quería que Mirasia acaparara a los mejores talentos del mundo; si podían eliminar a uno, lo harían sin dudar.

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