Los padres de Cecilia eran figuras clave en investigaciones de seguridad nacional, lo que elevaba su estatus muy por encima de cualquier genio común.
Claro que, si aceptaba unirse a Estrellonia, tal vez le perdonarían la vida unos años más.
Mientras siguiera siendo útil y pudieran explotar su intelecto, no se apresurarían en usarla como sujeto de pruebas.
Augusto sintió un poco de lástima, y Cecilia, por alguna razón, logró leer esa emoción en sus ojos.
—¿Entonces, están satisfechos con mi comportamiento?
Preguntó Cecilia de repente, sin rastro de miedo en su voz, con un tono casi conversacional.
Hablaba con una seguridad tal, que cualquiera habría jurado que ella era quien tenía el control, no la prisionera.
Augusto miró a Vanesa, que iba en el asiento del copiloto. A pesar de ser mujeres de edades similares, la diferencia entre ambas era abismal.
Vanesa captó su mirada y se volteó para fulminarlo.
—¡No creas que no sé las porquerías que estás pensando!
—¿De qué hablas? —se burló Augusto—. Si no fuera por tus estupideces, nos habríamos ido limpio. ¡No habríamos necesitado que Tiago viniera a salvarnos el pellejo!
Vanesa odiaba a Humberto, pero aun así había usado su atractivo para engatusarlo. ¡Qué nivel de hipocresía!
—Sé perfectamente que aprovechaste para desquitarte. Si nos atrapan por tu culpa, ¡te juro que te mato yo mismo!
Lo único que le importaba a Augusto en la vida era su hermana.
Sabía que, si él moría, ella también.
¡Así que despellejaría a cualquiera que pusiera en riesgo su supervivencia!
Si no, ¿cómo podría perdonarse dejarla morir sola?
—¿Y qué si me quise desquitar? ¡Tú pudiste habértela llevado y no lo hiciste! —Vanesa se negó a aceptar su culpa.
Los dos comenzaron a discutir a los gritos dentro del auto.
La expresión de Tiago, al volante, se volvió más y más oscura.
—¡Basta!
Su grito hizo que los dos guardaran silencio de inmediato.

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