Como Cecilia ya había aceptado, Agustín no tuvo cara para negarse.
Él también subió al auto y ordenó a León y a Lino Sandoval que condujeran detrás de ellos hacia el hospital.
Valentín manejó directamente a una clínica cercana.
Ahí, Cecilia fue obligada a hacerse un chequeo completo.
Su estado de salud era bueno, solo sufría de agotamiento severo tras forcejear con el secuestrador.
El leve roce de la bala en su mejilla no era gran cosa para ella.
Tenía algunos moretones en la cara y en el cuerpo, producidos por los golpes al ser arrastrada dentro del contenedor de basura.
Sin mencionar que cuando Tiago y los suyos la metieron ahí, no fueron para nada delicados.
Cecilia jamás pensó que estaría tan cerca del peligro esta vez.
Había sido un error de cálculo.
Aunque no quería quedarse hospitalizada, Agustín la obligó a internarse.
Incluso el abuelo Esteban fue a visitarla.
Cecilia trató de consolarlo.
—Esta vez se atrevieron a demasiado, la verdad no me lo esperaba.
—Pero no te preocupes, abuelo. La seguridad del capitán Lara y el rescate fueron muy oportunos.
—Mírame, estoy perfecta, ¿no?
Sabía que lo había asustado mucho.
Pero no podía dejar de ir a la escuela solo por un incidente.
Si esa gente iba tras ella, la buscarían sin importar dónde se escondiera.
El abuelo quería llevársela a casa por un tiempo, pero Cecilia se negó sin dudarlo.
—Al menos ven a vivir a la casa por una temporada. A partir de ahora, cuando vayas a la escuela, te pondré guardaespaldas que te sigan las veinticuatro horas. ¡Se acabó eso de ser obstinada!
El anciano ya había dimensionado la gravedad del asunto; esos estrellonianos no se detendrían hasta conseguir lo que querían.
¿Acaso no habían hecho lo mismo con Perla y con Néstor Ortiz en el pasado?
El abuelo Esteban carraspeó afuera. ¡Qué contactos ni qué nada, él mismo le había pasado el chisme!
Cecilia contestó el teléfono y escuchó la voz ansiosa de la abuela Lorena al otro lado de la línea:
—Ceci, mi niña, ¿cómo estás? ¿Te lastimaron?
—Estoy bien, abuela. Solo me desmayaron de un golpe y tengo unos raspones.
—Estaré un par de días aquí para recuperarme del susto, y en cuanto me den de alta, volveré a la universidad.
—No tienes que preocuparte. Esta vez ellos también sufrieron muchas bajas, dudo que intenten atacarme de nuevo pronto.
La abuela Lorena se quedó en silencio por un instante.
—Fueron tu padre y tu madre quienes te metieron en esto.
Si ella no hubiera estado tan desesperada por tener noticias de su hijo, jamás habría permitido que su nieta se expusiera al peligro.
—Abuela, ¿qué dices? ¿Cómo va a ser culpa de ellos?
—Esa gente ya me tenía en la mira desde antes. Incluso si no hubiera pasado lo anterior, igual habrían venido por mí.

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