—Soy de la seguridad del edificio, señorita. El vecino de abajo reportó una gotera en su baño y necesitamos revisar —fue la respuesta del falso guardia.
¡Qué excusa más barata! —pensó Cecilia.
—Un momento, por favor.
Pero no fue ella quien abrió la puerta, sino Sara.
—Buenas tardes... —el guardia palideció al instante.
Él conocía la voz de Cecilia, y la persona que acababa de hablar no era ella.
Cecilia asomó la cabeza desde la cocina, mordiendo un pedazo de pepino, y murmuró con la boca llena: —Déjalo pasar para que revise.
¿Eran dos mujeres? Antes no se había fijado si la chica vivía con alguien más, pero recordaba haber visto a esa otra mujer entrar al edificio en alguna ocasión.
El guardia se ajustó la gorra y se puso unos protectores de zapatos, fingiendo total profesionalismo.
Sara se quedó plantada junto a la puerta, bloqueando la salida. Y de repente, ¡otra persona salió del pasillo!
¡Era José!
Para empeorar las cosas, Cecilia ya se había alejado hacia la sala, quedando fuera de su alcance inmediato.
—José, acompáñalo a revisar el baño a ver si hay alguna fuga —pidió ella.
¿José? El falso guardia estaba maldiciendo en su mente.
¿De dónde había salido un hombre en esa casa?
Secuestrar y torturar a una chica sola era pan comido, pero enfrentarse a tres personas cambiaba las reglas del juego. Aunque sus habilidades de combate le permitieran reducir a los tres, ¿de qué serviría?
Si el ruido de la pelea llamaba la atención de la policía, ¡todo el plan se iría al caño!
Estaba dudando si atacar o no, cuando José notó que su presencia había frenado al asesino.
—¡Ay, no! —José se agarró el estómago de golpe—. Tengo que ir al baño primero. ¡Esa comida a domicilio de anoche me cayó pésimo!
Y sin más, José salió corriendo a encerrarse en el baño.
El guardia parpadeó, desconcertado por el giro surrealista de los eventos.

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