Eran de esas diademas con letreros luminosos gigantes.
—Lo siento, nosotras no venimos a ver novatos. Yo solo soy leal a los de las ligas mayores —dijo Josefina, siempre dispuesta a gritarle al mundo que era la fanática número uno de Lorenzo Carrasco.
La chica que les había preguntado no se desanimó en absoluto y soltó una carcajada.
—¡No te preocupes! ¡Yo también adoro a Lorenzo! Pero el corazón tiene espacio para las nuevas promesas de la televisión.
Aprovechando el momento, la chica intentó venderles a su candidato: un joven que bailaba ritmos clásicos, con una figura envidiable, movimientos impecables y un rostro bastante atractivo.
Su único defecto era el canto; ahí sí dejaba mucho que desear.
—No le hagan caso a su voz ahorita. Con un poco de entrenamiento, seguro que mejora muchísimo.
—Además, para estos grupos musicales no solo se necesita la voz principal; el bailarín estrella es indispensable.
—¡Mi chico será el mejor bailarín del grupo, se los aseguro!
A Sandra le entró curiosidad.
—¿Y cómo se llama el muchacho? Para echarle porras cuando salga.
—Rio —respondió la chica de inmediato.
Al ver que habían mordido el anzuelo, la joven siguió hablando de su ídolo con fervor.
Para ser honesta, a Cecilia el chico de la foto no le parecía la gran cosa. Con tanto maquillaje y luces de escenario, dudaba poder reconocerlo en la calle.
Sin embargo, la chica no exageraba. Cuando Rio subió a presentarse y se lanzó con un baile improvisado...
Apenas dio los primeros pasos, quedó claro que el chico tenía un talento genuino.
Incluso a Cecilia le pareció un espectáculo visual muy agradable.
Después de lo que pareció una eternidad, finalmente le llegó el turno a Blas Téllez.
Blas era un genio para las relaciones públicas. Se vendió como la viva imagen del esfuerzo y la dedicación, ganándose rápidamente la simpatía del público.
Incluso llegó a decir que no le interesaban la fama ni el dinero; que su único sueño era que su baile llegara al corazón de la gente.
—Sé que no nací con el don, pero quiero decirle a todos los que, como yo, luchan cada día: jamás se rindan —declaró Blas.
—¡Mientras no bajemos los brazos, el mundo nos verá brillar!
Era bastante guapo, y como tenía tanta labia, incluso los que no lo conocían terminaron aplaudiéndole a rabiar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana