—¡Con razón! Ya decía yo que tenían el mismo aire —exclamó Cecilia, gratamente sorprendida.
—Si la profesora Valdez es tu tía, entonces Adolfo es tu primo, ¿no?
Micaela parpadeó, mirándola con repentina intriga.
—A ver, ¿tú conoces a mi tía, o eres amiga de mi primo?
La forma en la que habló la hacía parecer mucho más conectada con Adolfo.
Micaela pensó al instante: ¿Será mi futura prima política?
Pero luego sacudió la cabeza mentalmente. Su primo le llevaba bastantes años; ¡qué asaltacunas!
Por lo que había escuchado hace un rato, ¡la chica apenas estaba empezando la universidad!
—No me mires así. Estoy comprometida, así que no hay forma de que me vuelva tu prima política —aclaró Cecilia, leyendo perfectamente las intenciones en sus ojos.
La desilusión se dibujó de inmediato en el rostro de Micaela.
—Oye, ¿cómo te llamas? ¡Pásame tu contacto! —insistió Micaela mientras salían del recinto, persiguiendo a Cecilia.
Cecilia se presentó amablemente y le dio su número de celular.
Micaela aún no se daba por vencida y volvió a la carga con la promoción de Rio.
—De verdad, Rio es el chico más dedicado que he conocido en mi vida. ¡Va a ser una superestrella!
—¡Háganse fans desde ahorita! Les prometo que es una apuesta segura.
A Cecilia le intrigaba tanta devoción. ¿Acaso los universitarios de hoy en día no tenían tareas? ¿Cómo sacaban tanto tiempo para idolatrar a un chico?
La verdad es que no entendía la dinámica de los clubes de fans ni los extremos a los que llegaban para asegurar el éxito de sus ídolos.
Así que preguntó con sincera curiosidad:
—¿Qué tan dedicado es?
—¿Más que ese tal Blas Téllez?
El solo nombre de Blas hizo que Micaela frunciera el ceño con asco.
—Mira, si no quieres ser fan de mi Rio, está bien. ¡Pero por favor dime que no vas a apoyar a ese engreído!
—Segurísimo compró su lugar. Cuando fui a los entrenamientos previos, él ni figuraba.
—Estuve haciendo guardia en el campamento durante semanas y jamás le vi la cara.
—Alguien de arriba tuvo que mover hilos para meterlo de último minuto y quitarle el lugar a otro que sí se lo merecía.
—¡Mil gracias! ¡De verdad te lo agradezco!
Cecilia no entendía por qué Micaela le ponía tanta alma al asunto, pero al fin y al cabo, solo se trataba de dar un clic. No le estaban pidiendo que fuera a repartir folletos por la calle.
Así que le daba completamente igual.
Josefina también se sumó a los halagos para el ídolo:
—Rio baila increíble y es guapísimo. Su sonrisa ilumina el escenario.
—Nada que ver con el tal Blas. Ese tipo actúa como si fuera la gran cosa. Todos sus movimientos se ven tan plásticos y falsos.
Como buena experta en farándula, Josefina podía detectar a un famoso falso a kilómetros de distancia.
Algo que para Cecilia y Sandra pasaba totalmente desapercibido.
—¿Así que a ti tampoco te convenció Blas? —preguntó Cecilia, notando una extraña profundidad en la mirada de Josefina.
La chica había mejorado muchísimo su radar para los patanes.
En la época en que estaba cegada por Ramiro Gallegos, no tenía esa agudeza.
La mirada de Cecilia hizo que Josefina se acordara, para su desgracia, del mismísimo Ramiro.

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