—¿Cómo se siente hoy Don Lautaro?
Cecilia se acercó y le tomó el pulso.
Lautaro se veía de buen ánimo: —Ahí la llevo, ya no me duele tanto. Siento que voy mejorando.
Que su enfermedad no siguiera empeorando ya era una buena noticia.
Si el cáncer de hueso pudiera ser inhibido, o incluso curado, sería un avance monumental para el mundo de la medicina.
—Su pulso también se siente mucho mejor que antes.
Cecilia le aplicó acupuntura a Lautaro, y poco después él se quedó dormido.
Justo cuando ella se disponía a ir al laboratorio, Miranda la siguió hasta el pasillo.
—Ceci.
Cecilia se detuvo y volteó a verla: —Miranda, ¿qué pasa?
Pensó que Miranda estaba preocupada por la salud de su padre.
Pero no esperaba que Miranda mencionara el desalojo de la zona oeste.
—Hubo un accidente anoche en el desalojo del Grupo Ortiz, murió una persona.
El asunto tenía que ver con la familia Ortiz, y como Cecilia había crecido ahí, Miranda pensó que debía avisarle.
—¿Ah, sí?
Cecilia de verdad no sabía nada; prestaba muy poca atención a la familia Ortiz.
Y de los asuntos de la empresa, nunca se había enterado de nada.
En el pasado, Ivana se oponía rotundamente a que ella entrara a la empresa.
Quizás Ivana siempre supo que no era su hija biológica y por eso se esforzaba tanto en bloquearla.
Todo tenía sentido ahora.
—Parece que hubo violencia durante el desalojo. Seguramente habrá una investigación y sanciones. Tanto el Grupo Ortiz como el Grupo Gallegos se han visto muy afectados.
Cecilia no tenía ni idea, nadie se había molestado en avisarle.
Ambas familias estaban con el agua hasta el cuello, ¿quién iba a tener tiempo para pensar en Cecilia?
Si cambiaban de ubicación, no era seguro que el negocio siguiera igual de bien.
La gente busca la tradición y la nostalgia.
Además, a la familia Ortiz no le faltaba dinero. La dueña ni siquiera había venido a cobrar la renta en todos estos años, ¿realmente le importaría el dinero de vender la casa?
Desde que Miranda supo que el Grupo Dorado también era propiedad de la anciana, su percepción de esa «abuelita de pueblo» cambió radicalmente.
Para ella, Doña Lorena era una persona verdaderamente discreta.
Mansiones, empresas... lo tenía todo.
Pero prefería vivir en el campo, lejos de todo conflicto.
Las disputas mundanas no la tocaban. Lejos del ruido de la ciudad, ¿cuánta ambición por el dinero podría tener?
Aunque le ofrecieran una millonada por el terreno, a Doña Lorena no le importaría.
—Gracias, Miranda. Esa es la dote de mi abuela, no me atrevería a tocarla.
—La abuela tampoco aceptaría, eso fue algo que su padre preparó especialmente para ella.

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