Las palabras de la chica cesaron de tajo y su rostro se tornó de un tono carmesí: —Perdón por la molestia.
La joven regresó junto a su amiga, quien intentaba reconfortarla: —No te preocupes, Alma. Le echaste mucho valor; es él quien no sabe apreciar una buena oportunidad.
Con su excelente audición, Cecilia escuchó todo y no le hizo ninguna gracia.
¿Cómo que Agustín no sabía apreciar nada?
—Parece ser que esa carita tuya atrae a muchas interesadas —le dijo Cecilia con una sonrisa enigmática.
Recordó a la señorita Valdez, con la que se habían encontrado anteriormente en Viento Claro.
Aquella mujer se había expresado con total hostilidad hacia Cecilia de principio a fin, presumiendo además su intimidad con la familia Sandoval.
Era como si quisiera obligarla, a ella siendo solo una muchachita, a rendirse y alejarse.
Y ahora, una chica equis en la calle había llegado a coquetearle.
Por supuesto, Cecilia podía comprender los motivos.
Un chico tan increíblemente guapo como Agustín no solo destacaba por su físico; desprendía de pies a cabeza un aura que gritaba «dinero».
Y tener dinero es lo que más logra cautivar a algunas mujeres.
Al ver la expresión de Cecilia, Agustín le respondió con una seriedad total: —Acabas de dejar ir la oportunidad perfecta para reclamar lo tuyo.
—Esa chica opina que el que no sabe apreciar lo que tiene eres tú —murmuró Cecilia.
¿Qué tenía ella que andar reclamando? En estos temas, ahuyentar a las interesadas dependía al cien por ciento de la sensatez del hombre.
Agustín mantuvo la compostura: —Solamente es un comentario para tratar de consolarse a sí mismas.
Teniendo a una joven con un rostro tan refinado frente a él, ¿por qué habría de fijarse en una flor silvestre del montón?
—Ese comentario tuyo es bastante cruel con ellas, ¿no crees? —Las comisuras de Cecilia apuntaban hacia arriba en una sonrisa incontrolable.
Agustín notó su alegría.
—¿Por qué tendría piedad por una completa desconocida?
Cecilia optó por dejar el tema hasta ahí; al final de cuentas, solo había sido una pequeña e irrelevante interrupción.
Tras finalizar la comida, Cecilia tomó la iniciativa a la hora de pagar.
—Es que no me pasó por la mente encontrarme a un millonario de ese nivel en un sitio como este. Chance y solo andaba usando una imitación pirata.
—Después de todo estamos en la zona oeste, un barrio de lo más pobre.
Ahí casi no iban oficinistas; la mayoría eran obreros de por ahí y vecinos de la colonia.
¿Qué manía tendría la gente rica para irse a meter a un puesto ambulante todo mugroso?
Eso ni se comparaba con una fondita, aunque fuera barata.
Tras escucharla, Fernanda también consideró que tenía lógica: —Tienes un buen punto. A lo mejor el sujeto solo traía puesto un reloj falso.
«¿Lo sería?» Alma no podía afirmarlo con seguridad.
Pero aquellos jóvenes ya se habían largado, así que no había modo de salir a perseguirlos.
—Se supone que pronto iniciarán con los desalojos aquí, ruego a Dios que a mi familia le asignen una mejor casa; hace tiempo que no soporto este lugar.
—Solo son los tercos de mis abuelos y la gente de su misma generación los que se niegan a soltar este miserable pedazo de tierra como si valiera oro y sienten que no pueden vivir en otro lado.
Alma finalizó sus quejas.

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