Pero antes de que la asistente pudiera acercarse, Ágata, que acababa de pelearse con el director, llamó de inmediato a su hijo.
—¿No escuchaste, Matías? Ya te hablaron para comer.
Ágata no tenía idea de cuál era el verdadero cargo de Tatiana ni su nombre completo.
Solo sabía que su hija la llamaba así. Y como ella le decía Tatiana, también le dijo a su hijo que lo hiciera.
Pensaba que si le hablaban de esa forma, Tatiana trataría mejor al muchacho.
¿Quién en su sano juicio no iba a preferir a un varón?
Su hijo era indudablemente mucho más querible que su hija.
Lástima que Tatiana nunca se tomó la molestia de darle ni un vistazo extra a Matías Calvo.
Tatiana tenía a su propio hijo, ¿qué le iba a andar interesando el de alguien más?
En todo caso, le habría gustado tener una niña.
Pero como Cecilia ya había regresado con la familia Ortega, ya no sentía envidia de los que tenían hijas.
—Tatiana, ¿qué vamos a comer? —Matías, siempre bien mandado por su mamá, corrió a pararse frente a ella.
Esos empaques se veían demasiado elegantes y él ya no aguantaba las ganas de abrirlos.
—Aquí no hay nada para ustedes. Vayan a comer por ahí o a la cafetería del hospital —le espetó Tatiana, negándose a dejarlo fisgonear.
Hasta alejó la comida para que no la viera.
En cuanto Matías escuchó que no les iban a dar nada, se le descompuso la cara: —¿Cómo crees? Mi hermana te hace ganar un montón de dinero, ¿y no nos quieres dar ni un bocado?
—¡Mi hermana sigue aquí y ya nos estás empezando a tratar mal!
—¡Tú prometiste que si veníamos no tendríamos que pagar ni un solo gasto!
Tatiana lo miró como si estuviera viendo a un idiota: —Dije que yo iba a pagarles los pasajes y que les iba a conseguir el hotel.
—Y que después le pasaría la cuenta a tu hermana. Pero nunca dije que les iba a mantener la comida.
—Además, ¿no ves que son porciones para dos? Mi sobrina nos empacó esto a mí y a la asistente especialmente.
—¡No hay para ustedes!
Remarcó Tatiana por segunda vez.
—¡Y si no te gusta, te aguantas!
Agustín jamás había visto a su niña tan enojada.
Cecilia le hizo señas a su tía Tatiana para que se pusiera a cenar de una vez.
Matías se quedó pasmado al ver cómo abrían las cajas, dejando escapar un olor que le abría el apetito.
No sabía de dónde habían traído eso, pero se veía riquísimo.
Inconscientemente, volteó hacia su madre: —¡Mamá!
Con un solo grito, Ágata entendió exactamente lo que su hijo quería sin que tuviera que decirle más.
Dejó de soltarle veneno al director y se fue contra Tatiana: —Oye, Tatiana, este es el hermanito de Valentina. No lo vas a ver morir de hambre, ¿verdad?
—Si a nosotros los viejos no nos dan de tragar no hay problema, pero el chamaco no puede pasar hambre. Total, ustedes son dos mujeres y no comen tanto, así que apártenle un poco a Matías.
—Si se muere de hambre ni nos va ni nos viene. ¿Acaso no traen dinero? ¿O también piden limosna allá afuera?
Cecilia ni siquiera dejó que su tía Tatiana respondiera; ella misma se encargó de ponerla en su lugar.

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