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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 868

—La verdad es que aquel vestido blanco con perlas era precioso y te favorecía muchísimo —comentó Lourdes.

Puede que esa Fátima no fuera muy lista, pero al menos tenía buen ojo.

—Me llevo este. ¿No había alguien más interesada en el otro de todos modos? —preguntó Cecilia, consciente de que su tía Lourdes insistiría en pagarle todo pasara lo que pasara.

Siendo así, prefería que el dinero se quedara en casa en lugar de beneficiar a los negocios de otros.

—¿Estás dispuesta a cederle ese vestido así como así? —Lourdes no lo entendía—. Eres una chica joven, ¿cómo es que te da tan igual?

Si se tratara de Luciana...

¿Cómo era Luciana exactamente?

Lourdes trató de hacer memoria; seguramente sería algo así como: «Nadie me quita lo que yo quiero».

Pero, al fin y al cabo, solo se trataba de un vestido; por mucho que se lo pusiera alguien más, nadie se vería tan deslumbrante como ella.

Sí, Luciana tenía esa clase de seguridad en sí misma.

Era una chica refinada que había crecido rodeada de lujos desde la cuna.

No había un solo detalle en lo que comía o vestía que no fuera exquisito, pero jamás le dedicó demasiado esfuerzo ni preocupación a esos temas.

—Que yo lo haya cedido no significa que vaya a parar a sus manos.

A Cecilia no le importaba en lo más mínimo.

Y efectivamente, Fátima jamás lograría comprar el vestido. Después de que Lourdes aclarara que no lo llevarían, Adara Blancas se adelantó y lo compró.

Aunque no lo fuera a usar nadie, tampoco se lo iba a ceder a una simple amante.

Además, la familia Vera era dueña de una productora, por lo que Adara no planeaba dejar ese vestido perla arrumbado en el armario.

Cuando surgiera la oportunidad, ¿acaso no podría regalárselo a alguna de las actrices que le hacían ganar tanto dinero a la compañía?

Mientras lo regalara ella, Gonzalo no se atrevería a poner objeciones.

De lo contrario, la que terminara con ese vestido iba a pasarlo muy mal.

Tadeo Ortega ya se había enterado desde antes que su hermano mayor había recuperado a su nieta perdida.

Sin embargo, había estado demasiado ocupado cortejando mujeres jóvenes como para molestarse en viajar a Viento Claro solo para ver cómo lucía su sobrina nieta.

Pero ahora que había vuelto para el banquete, al verla por fin, no pudo evitar quedarse petrificado.

—Realmente se parece muchísimo a ella —murmuró por lo bajo.

Por otro lado, Helena Ortega, quien de por sí ya le guardaba un profundo resentimiento a la rama principal de los Ortega debido a lo que le había pasado a su sobrino, se llenó de indignación.

¡Se moría de envidia!

Ella nunca había podido compararse con Luciana, pero el hecho de que su hija Aurora también quedara rezagada ante una mocosa salvaje surgida de la nada, era intolerable.

—Papá, ¿no piensa hacer nada? Si esto sigue así, dentro de poco esta niña callejera le quitará por completo el lugar a nuestra Aurora.

»Antes, la familia de su hermano quería mucho a Aurora, y mírelos ahora, ya ni siquiera la invitan a su casa.

»¿Qué tiene esa pequeña salvaje que nuestra Aurora no tenga? ¡Es obvio que nuestra niña es mucho mejor!

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