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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 667

César se desabrochó los botones de su abrigo y, sin darle tiempo a levantarse del suelo, se le fue encima, dándole otro puñetazo en la cara. El impacto seco de los huesos al chocar resonó con nitidez.

A Alfredo se le ladeó la cabeza por el golpe y comenzó a sangrarle la nariz. Al ver que César levantaba el puño una vez más, escupió saliva sanguinolenta y se rio de forma aún más desquiciada.

—A ver, si tantos pantalones tienes, mátame a golpes de una vez.

La hostilidad en el fondo de los ojos de César bullía a tal grado que parecía querer desbordarse, sus nudillos dolieron por la fuerza con la que cerraba el puño antes de lanzar el siguiente golpe.

Sin embargo, esta vez el impacto no dio en la cara de Alfredo, sino en el piso, justo al lado de su oreja. Incluso se alcanzó a percibir la vibración del choque de sus huesos contra el suelo. Tenía los ojos inyectados en sangre por la furia, pero no había perdido la cordura por completo. Al verlo, Alfredo se burló con desprecio:

—Mírate nada más... ¿Qué más me puedes hacer ahora?

—No vales la pena como para que me manche las manos contigo.

La voz de César sonó tan fría como el hielo. Se puso de pie y miró desde lo alto a Alfredo, quien poco a poco se iba apoyando en el suelo para incorporarse.

—Ni a Zack ni a ti les tengo la menor consideración.

Alfredo se limpió el rastro de sangre de la boca y se levantó, tambaleándose.

—César, no cantes victoria antes de tiempo.

—Jefe...

Un joven llegó corriendo a toda prisa y se encontró de frente con semejante escena: Alfredo se retiraba del lugar con un aspecto completamente maltrecho, mientras que la mano de César estaba cubierta de una densa capa de sangre. El muchacho se adelantó de inmediato para revisarlo.

—Jefe, ¿qué le pasó en la mano?

—No es nada.

A César no le importaba en lo más mínimo su dolor. Se dio la vuelta hacia Celia y, al mismo tiempo, se quitó el abrigo con rapidez para cubrirla. Celia pudo notar que a él le temblaban las manos, haciendo un esfuerzo enorme por contener su furia.

—Pues... ella es... la señora, ¿verdad? —El joven se rascó la cabeza con una sonrisa—. Con razón tenía tanta prisa.

Celia recuperó la compostura y dirigió la mirada hacia el joven. Jamás lo había visto.

—¿Señora? No, ya nos divorciamos —lo contradijo.

La expresión del muchacho se volvió incómoda.

César le lanzó una mirada.

Capítulo 667 1

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