Claudia descansó un día en casa y luego recibió la notificación para continuar con el rodaje. No esperaba que, al final, Emilio no la hubiera reemplazado.
Se cambió de ropa y fue al set. La locación seguía siendo la Universidad de Villamaría.
Al llegar, pasó por maquillaje y peinado. Mientras la arreglaban, Claudia empezó a familiarizarse con el nuevo guion. La historia principal no había cambiado mucho, pero las escenas y los diálogos habían sufrido bastantes modificaciones.
Estaba tan concentrada leyendo que no notó cuando alguien se sentó en el lugar del protagonista masculino.
Hasta que el director anunció el inicio del rodaje.
Claudia se dispuso a levantarse, y al hacerlo, vio el perfil de Emilio.
—¿Qué haces aquí? —soltó ella sin pensar.
Emilio se giró para mirarla y sonrió de repente:
—Lo mismo que tú. Vengo a filmar el comercial.
Claudia sintió una oleada de rabia inexplicable.
—Emilio, ¿por qué siempre apareces hasta en la sopa?
La última vez ella había sido muy dura con sus palabras. Emilio se había ido decidido, y Claudia pensó que sus caminos no volverían a cruzarse. Solo había pasado un día. Y él reaparecía de esta manera.
Sus idas y venidas hacían que Claudia se sintiera atrapada en arenas movedizas; cada vez que lograba salir con esfuerzo, él la empujaba de una patada al mismo lugar.
Emilio borró la sonrisa de su rostro y adoptó una expresión seria y distante.
—Señorita Chávez, esto es trabajo. Espero que sepa separar lo profesional de lo personal. No traiga sus rencores y emociones al set.
Claudia apretó los dientes, incapaz de armar un escándalo en público.
El director se acercó rápidamente y les explicó los puntos clave. La primera escena era en un aula: el protagonista ayudaba a la chica con sus estudios. El salón estaba iluminado y limpio, con un grupo de estudiantes bromeando al fondo.
Ellos estaban sentados en el mismo pupitre. Él sostenía una pluma, escribiendo en una hoja, explicándole un problema.
—¡Corte!
El director paró la grabación a la mitad.
—¿Qué le pasa a la chica? Ya van tres veces que pones los ojos en blanco. ¡Se supone que se están enamorando, no que son enemigos a muerte!
En ese instante, a Claudia le surgió una duda: ¿Emilio formaba parte de su pasado olvidado?
—¡Corte! ¡Siguiente escena!
Claudia no tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos; el director ya estaba cambiando el set.
Grabar un comercial era muy distinto a una película; casi no había diálogos, solo una acumulación de pequeñas escenas visuales. Pero se le daba muchísima importancia a las expresiones y emociones.
El proceso fue a tropezones. Al caer la noche, apenas habían terminado unas pocas tomas.
Ya oscuro, el director Cuevas se rascaba la cabeza, frunciendo el ceño.
—Ustedes dos no tienen química. A este paso, ¿cuándo vamos a terminar?
Cuevas pensó un momento y dijo:
—Los demás pueden irse. Ustedes dos, salgan a dar una vuelta, vayan a cenar, platiquen, vean una película, duerman juntos...
—No, no, dormir no —corrigió rápido—. Me refiero a que aprovechen esta noche para conocerse mejor y generar algo de conexión.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce