Claudia sentía un rechazo total. Ahora que por fin podía descansar, lo último que quería era estar con Emilio.
Sin embargo, no podía negarse delante de todos, así que fingió aceptar.
Cuando todos se fueron, Claudia le dijo a Emilio:
—Me voy. Haz lo que quieras.
Emilio sonrió.
—¿Y qué pasó con lo de la química?
—¡Ni madres!
Claudia tomó su bolsa y se marchó. De camino a casa, sentía una mezcla de emociones. No entendía por qué siempre terminaba enredada con Emilio. Cada vez que sentía que había cortado con el pasado para empezar de nuevo, alguna fuerza invisible los volvía a empujar juntos.
Su departamento no estaba lejos de la Universidad de Villamaría, así que se fue caminando. El edificio tenía buena ubicación, pero era un condominio muy viejo. Las lámparas de la calle hacia la entrada llevaban tiempo fundidas y nadie las arreglaba.
Mientras caminaba, Claudia sintió algo raro. Percibió una sombra siguiéndola cuando estaba por llegar.
Volteó a mirar. Era un tipo robusto, evidentemente borracho, con una botella de licor corriente en la mano.
El instinto de Claudia le gritó que se alejara. Aceleró el paso.
Pero el hombre de atrás también aceleró, trotando hacia ella.
Claudia entró en pánico. La calle estaba en penumbras; al ser un barrio viejo, vivía poca gente, la mayoría ancianos. Aunque gritara, nadie respondería.
El miedo se apoderó de ella y echó a correr. El hombre la alcanzó rápidamente.
Le jaló el cabello con fuerza.
—¿A dónde corres? Con ese cuerpecito no me vas a ganar.
El dolor le impidió hablar a Claudia.
—¡Suéltame!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce