—Emilio, no me digas «amor».
Claudia estaba furiosa. Emilio, sin embargo, mantenía esa sonrisita en el rostro.
—Ya, ya, mi vida, no te enojes.
Y dicho esto, la abrazó por la cintura.
La mirada de Javier se ensombreció.
Claudia estaba que echaba humo, pero con Javier presente no podía echar a Emilio a patadas. Así que lo empujó hacia la recámara principal, cerró la puerta de un golpe y le echó llave por fuera.
Luego se volvió hacia la entrada.
—Javier, ¿quieres pasar?
Javier negó con la cabeza.
—¿A qué venías?
—Estoy preocupado —dijo él—. Me enteré de que anoche te atacó un borracho.
Claudia recordó que, mientras daba su declaración en la comisaría, Vicente la había llamado. Por el ruido de fondo supo dónde estaba y, al insistir, se enteró de todo.
—Ya estoy bien —dijo Claudia, sorprendida—. ¿Viniste solo por eso?
—He estado fuera de viaje, acabo de aterrizar esta mañana. En cuanto supe, vine para acá —explicó Javier.
Claudia notó entonces la maleta detrás de él. Realmente venía llegando. Se sintió conmovida.
—De verdad estoy bien. Por suerte me encontré con Emi... con el señor Salazar.
Javier adivinó lo que había pasado. No hizo más preguntas sobre eso.
—Este complejo es muy viejo, no es seguro —comentó.
—Sí, ya pienso mudarme.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce