Cuando Emilio salió envuelto en una bata, encontró a Claudia furiosa en el pasillo.
—¡Pervertido!
Él, sin embargo, actuaba con una naturalidad pasmosa, como si estuviera en su propia casa.
—¿Por qué soy un pervertido por bañarme? Además, ya me has visto antes, ¿cuál es el drama?
Claudia se quedó sin palabras, roja como un tomate.
—¿Cómo se te ocurre bañarte en casa ajena tan temprano? ¡Es el colmo del descaro!
Emilio no se inmutó.
—Me congelé toda la noche en ese sofá. Tu departamento es un congelador, ni calefacción tiene. Me di un baño para entrar en calor, ¿algún problema?
Al ver lo indignado que parecía él, a Claudia le dio una risa nerviosa.
—Mire nada más, don señorito. Esta es mi casa. Usted se invita solo, no se va y encima se queja.
—Claudia, cada vez eres más rencorosa —siguió él con su descaro—. Cierras la puerta con seguro para dormir, ¿crees que soy un animal?
—¡Emilio!
Claudia lo miraba con furia superficial, pero por dentro sentía una acidez amarga. Esa forma de ser tan cínica y esas respuestas absurdas eran idénticas a las de Oscar. Antes, cuando peleaban, él hacía exactamente lo mismo: bromeaba, se hacía la víctima y, como último recurso, usaba la seducción.
Y dicho y hecho. Emilio dio un paso adelante, tomó la mano de Claudia y la puso sobre su abdomen.
—Ya, perdón. Mira, te presto mis abdominales un rato.
Era el mismo truco de siempre. Por un instante, Claudia sintió que viajaba al pasado. Le dolió la nariz de las ganas de llorar. Mantuvo el rostro frío y la voz tranquila:
—Emilio, ¿te divierte hacer esto?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce